se detectaron diecisiete pagos a una consultora llamada CB Imagen Comercial por un total de siete millones ochocientos mil pesos.
Camila se puso de pie.
—Eso era mi bono. Álvaro dijo que eran anticipos de utilidades.
—La beneficiaria registrada es usted —dijo Marina—. Y los conceptos facturados no corresponden con servicios comprobables.
Álvaro se giró hacia Camila con furia.
—Siéntate.
—No me hables así —respondió ella, llevándose una mano al vientre.
Fue la primera vez que la vi sin máscara.
No me cayó bien de pronto. No se volvió inocente porque él también la hubiera usado. Pero en ese momento entendió que la corona que le habían prometido estaba hecha de papeles falsos.
Elvira me tomó de la muñeca.
—Renata, escúchame. Hay un niño en camino.
Retiré mi mano con cuidado.
—No uses a ese niño para pedirme que pague un fraude.
Sus ojos se llenaron de lágrimas tardías.
—Yo no sabía lo de la deuda.
—No quisiste saberlo.
Álvaro se levantó.
—¿Qué quieres? Dime cuánto. ¿Quieres la mitad? ¿Quieres volver al comité? ¿Quieres que Camila se vaya? Podemos arreglarlo.
La sala entera oyó lo que acababa de decir.
Camila también.
Sus ojos se llenaron de algo más duro que llanto.
—¿Que yo me vaya? —susurró.
Álvaro comprendió tarde que había negociado con ella como antes intentaba negociar conmigo: ofreciendo personas como si fueran muebles.
—No quise decir eso.
—Sí quisiste —dije.
Marina cerró la carpeta.
—El banco notificará formalmente a la empresa y a los garantes correspondientes. Señora Márquez, conforme al convenio presentado y la revisión preliminar, su exposición personal queda limitada a lo ya establecido por el fideicomiso, sin responsabilidad operativa adicional. Señor Santillán, tiene cinco días hábiles para presentar propuesta de pago o reestructura. En paralelo, el expediente de la firma será remitido a revisión legal.
Álvaro me miró con odio.
No con dolor.
No con arrepentimiento.
Odio.
Porque por primera vez, yo no estaba absorbiendo el golpe para que él siguiera pareciendo fuerte.
Camila se quitó mis aretes de perla. Sus dedos temblaban. Los dejó sobre la mesa sin mirarme.
—Yo no sabía que eran tuyos —dijo.
No le creí del todo.
Pero tampoco respondí.
Tomé los aretes, los guardé en mi bolso y salí de la sala con Sara a mi lado.
En el pasillo, mi abogada me entregó su teléfono. En la pantalla había un mensaje nuevo del remitente anónimo.
Perdón por aplaudir. Tuve miedo. Él iba a culparme a mí si hablaba. Soy Nora.
Nora era una de las primas de Álvaro. Una de las siete personas que habían aplaudido.
Me detuve junto a una ventana.
La ciudad seguía moviéndose abajo, indiferente a nuestra ruina privada.
—¿Quieres contestarle? —preguntó Sara.
Miré el mensaje. Pensé en la mano de Nora chocando contra otra, en su sonrisa nerviosa, en su silencio. Pensé también en el correo que me había salvado de llegar tarde.
—Todavía no —dije—. Pero guarda todo.
Los meses siguientes no fueron limpios ni fáciles.
Las historias de justicia rápida solo existen cuando alguien recorta las partes donde una debe sentarse frente a abogados, contadores, auditores y jueces con una carpeta llena de pruebas y el corazón lleno de cansancio.
Álvaro intentó culparme públicamente. Dijo que yo había hundido la empresa por despecho. Dijo que una mujer herida era capaz de cualquier cosa.