un gesto impaciente.
—No entiendo por qué Renata tiene que estar aquí. Ayer firmamos un convenio. La empresa queda conmigo.
—Precisamente por eso estamos aquí —respondió Marina.
Abrió la carpeta.
—En virtud del cambio de control declarado por usted, la exclusión unilateral de la señora Renata Márquez del comité de garantías y el convenio en el que usted asume activos y obligaciones relacionados con Niebla Sur Exportaciones, Banco Litoral notifica el vencimiento anticipado de la línea ML-44.
Darío dejó de sonreír.
—¿Vencimiento de qué?
Marina miró el documento.
—Saldo vigente: noventa y cuatro millones trescientos mil pesos, más intereses ordinarios acumulados y costos de ejecución si no existe pago o reestructura aprobada en plazo legal.
El silencio no cayó. Se cerró.
Como una puerta pesada.
Álvaro parpadeó varias veces.
—Eso no puede ser. Esa deuda era de Renata.
—No —dije.
Mi voz sonó más firme de lo que yo esperaba.
—El capital provenía del fideicomiso de mi familia. La deudora siempre fue Niebla Sur. Yo era garante supervisora y miembro del comité de riesgo. Tú acabas de declarar que asumes todo lo de la empresa y que yo quedo fuera.
—Me tendiste una trampa.
—Te pregunté si habías leído el anexo tres.
Elvira se inclinó hacia adelante.
—Renata, por favor. Esto se puede arreglar en familia.
La miré.
Había usado la palabra familia demasiadas veces para pedirme sacrificios y demasiado pocas para defenderme.
—Anoche también era familia.
Elvira cerró la boca.
Marina continuó:
—Además, hay un asunto de cumplimiento que no puede ignorarse.
Álvaro giró hacia ella.
—¿Qué asunto?
La directora sacó una hoja y la colocó en el centro de la mesa.
Era una supuesta acta de asamblea fechada doce días antes. En ella, según el texto, yo renunciaba voluntariamente a mi posición de supervisión, autorizaba la salida de mi firma de las cuentas de control y aprobaba el nombramiento de Camila Baeza como directora de administración.
Al final aparecía mi firma.
O una imitación torpe de ella.
Camila se puso pálida.
—Álvaro… me dijiste que ese nombramiento era simbólico.
—No digas tonterías —murmuró él.
Marina no se inmutó.
—El área de cumplimiento detectó que la firma de la señora Márquez coincide de manera anómala con una autorización de nómina de hace dieciocho meses. Está calcada. El documento fue enviado desde una cuenta corporativa asociada al despacho interno de Niebla Sur.
Darío se pasó una mano por la cara.
—Hermano, dime que no hiciste eso.
Álvaro no respondió.
Esa fue su respuesta.
Yo recordé entonces una tarde de dos semanas atrás. Había llegado a la bodega principal sin avisar porque una productora de Chiapas me llamó preocupada por un pago atrasado. Al entrar, vi a Camila cerrar de golpe una laptop en la oficina contable. Álvaro me dijo que estaban revisando diseños de empaque. Yo miré una impresora encendida, una hoja medio salida y una esquina donde alcanzaba a leerse mi nombre.
Esa fue la primera señal.
La segunda llegó tres días después, cuando mi acceso al sistema bancario falló durante quince minutos y luego volvió como si nada. Pregunté. Álvaro dijo que era mantenimiento.
La tercera fue un correo anónimo con un archivo adjunto: Revise acta nueva. No deje que él use su firma.
No sabía quién lo había enviado.
Hasta esa mañana.
Marina sacó otra hoja.
—También