La primera vez que Abril lloró cuando se quedó sola conmigo, pensé que yo le provocaba rechazo.
No era imposible. Yo acababa de casarme con su madre. Había llegado a una rutina que ya existía antes de mí. Llevaba apenas un mes durmiendo en una casa donde cada mueble parecía haber sido acomodado para dar una imagen perfecta. Podía entender que una niña de siete años no me quisiera cerca.
Pero no era rechazo.
Eso lo supe demasiado tarde.
Me llamo Julián Ferrer. Tengo treinta y ocho años y trabajo como técnico radiólogo pediátrico en un hospital privado de Monterrey. Mi especialidad no es diagnosticar personas; mi trabajo consiste en ayudar a producir imágenes. Aun así, después de tantos años en salas de urgencia, uno aprende a detectar ciertas cosas antes de que aparezcan en una placa.
Hay niños que se encogen cuando un adulto levanta la voz.
Hay niños que piden permiso para respirar.
Hay niños que sonríen demasiado porque ya entendieron que, en algunas casas, la tristeza es una falta grave.
Abril pertenecía a esa tercera categoría.
Conocí a Laura en una cena organizada por unos amigos en San Pedro. Ella era agente inmobiliaria, o eso decía entonces. Elegante, brillante, segura, con la clase de conversación que hace sentir a cualquiera interesante. No se comportaba como alguien desesperada por gustar; al contrario, parecía tan dueña de sí misma que uno terminaba buscando su aprobación sin darse cuenta.
Me habló de su hija a los veinte minutos de conocernos.
“No dejo entrar a cualquiera en su vida”, dijo, girando lentamente la copa de vino entre los dedos.
Lo dijo como advertencia y como halago. Y funcionó.
Vi a Abril por primera vez dos semanas después. Laura organizó una comida sencilla, según ella, en su casa de la colonia Obispado. La niña apareció con un vestido azul marino, el cabello peinado en dos trenzas tan tensas que parecían dolerle, y un conejo de felpa color crema apretado contra el pecho.
“Saluda”, ordenó Laura con una sonrisa.
Abril me saludó sin mirarme.
Recuerdo que pensé que era tímida. Nada más.
La casa era preciosa. Piso hidráulico restaurado, techos altos, marcos de madera, lámparas cálidas, fotografías en blanco y negro cuidadosamente distribuidas en los pasillos. Todo armonioso. Todo exacto. Todo tan perfectamente dispuesto que me produjo la misma inquietud que siento cuando entro a una sala de espera demasiado silenciosa.
Había un olor tenue a cera para muebles y gardenias.
No se escuchaba televisión.
No se escuchaba radio.
No se escuchaba nada.
Semanas después, cuando Laura y yo nos casamos por lo civil, varios amigos me dijeron que me veía tranquilo, rejuvenecido, incluso feliz. Yo también lo creía. Había pasado años concentrado en el hospital, en turnos largos, en una vida útil pero vacía. Laura parecía la posibilidad de una familia tardía. Abril, una niña reservada que ya terminaría aceptándome.
El día que llevé mi última maleta, Abril estaba sentada en la escalera con el conejo en brazos.
“¿Ahora sí te vas a quedar?”, me preguntó.
Su voz no tenía emoción. Era una pregunta práctica, como quien pregunta si va a llover.
“Sí”, contesté, sonriendo. “Me voy a quedar”.
Ella clavó la vista en mis zapatos, luego en la maleta, luego en mi cara.
“¿Mucho tiempo?”
Me reí un poco.
“Eso espero”.