El violinista dejó de tocar justo cuando Elena entendió que no la habían olvidado: la habían convertido en un chiste.
La vela del centro de mesa se consumía despacio sobre un plato de porcelana, y la cera derretida parecía un reloj indecente marcando lo que ya no podía explicarse con tráfico, batería agotada ni ninguna de las excusas blandas con las que Tomás había sostenido cuatro años de relación. A su alrededor, el Mirador de Sal seguía brillando con esa elegancia calculada de los lugares caros: copas finas, ventanas inmensas, luz tibia, conversaciones en voz baja. Todo parecía diseñado para el amor. Todo, excepto la verdad.
Elena había reservado esa mesa junto al ventanal dieciocho días antes. Había pagado el anticipo con una mezcla de ilusión y disciplina, como pagaba casi todo en su vida. El alquiler. La administración. La compra del mes. El internet. El seguro médico privado porque a Tomás no le gustaba esperar en clínicas públicas. El plan del celular porque él siempre «estaba a punto» de cerrar un negocio importante. Y, sobre todo, la camioneta gris que él conducía con una facilidad tan convincente que cualquier desconocido habría jurado que era suya.
No lo era.
La camioneta estaba a nombre de Elena porque cuando fueron al concesionario, dos años y medio atrás, Tomás llegó con el crédito destruido por deudas viejas y promesas incumplidas. Él salió del lugar ofendido, diciendo que todo el sistema estaba hecho para aplastar a la gente que quería progresar. Elena se quedó hasta el final, firmó el préstamo y le dijo a sí misma que era temporal, que solo estaban empujando juntos una etapa difícil. Esa mañana, a las ocho y seis, había pagado la última cuota.
Quiso guardar la noticia para la cena.
Había imaginado muchas versiones de ese momento. En alguna, Tomás se quedaba callado unos segundos, le apretaba la mano y por fin entendía el peso real de todo lo que ella había sostenido. En otra, se avergonzaba lo suficiente para prometerle un cambio concreto. En su fantasía más ingenua, hasta pedía perdón.
Lo que Elena nunca imaginó fue que pasaría más de dos horas sola, mirando la puerta del restaurante como quien mira una salida que no termina de decidirse a usar.
A las siete y media revisó el teléfono por quinta vez. A las siete cuarenta y dos dejó de girar el anillo que llevaba en el dedo índice porque empezaba a dolerle la piel. A las ocho y cuarto, un mesero joven le preguntó con cautela si quería ordenar algo mientras esperaba. Ella pidió agua mineral y dijo que Tomás ya venía en camino, aunque en ese momento ya empezaba a sospechar lo contrario.
No había mensajes. No había llamadas. No había ni una sola frase torpe intentando cubrir la ausencia.
La pareja de la mesa de al lado dejó de fingir indiferencia a eso de las ocho y media. Una mujer mayor, sentada con un hombre que parecía su esposo, le regaló a Elena una mirada breve, misericordiosa, y Elena tuvo que apartar los ojos porque de pronto esa compasión desconocida le resultó más humillante que cualquier retraso.
Había demasiadas escenas de su relación que, vistas desde esa mesa, dejaban de parecer amorosas.
Tomás había sido encantador al principio. No encantador de manera escandalosa,