A los treinta y ocho años, Mateo Aranda se casó con la mujer que todo San Jacinto fingía no mirar.
La llamaban la loca del puente.
No lo decían con lástima, sino con esa tranquilidad cruel con la que los pueblos pequeños fabrican una verdad y luego la repiten hasta que parece ley. La mujer del suéter verde. La que dormía cerca del mercado. La que no miraba a los hombres a los ojos. La que juntaba monedas cuando todos se iban. La que, según la gente, seguramente había hecho algo para terminar ahí.
Mateo la vio por primera vez una mañana de julio, mientras llevaba al taller una bomba de agua oxidada que debía reparar antes del mediodía. El mercado hervía de voces, frutas, bolsas de plástico y olor a cilantro mojado. Bajo el puente peatonal, lejos del ruido principal, estaba ella.
No pedía dinero. No extendía la mano. No seguía a nadie. Solo permanecía sentada sobre un cartón, con los hombros encogidos y los dedos escondidos en las mangas de un suéter demasiado grande.
Había algo en su quietud que no parecía resignación, sino vigilancia.
Mateo pasó de largo. Luego se detuvo.
No fue culpa. Él no era un santo ni pretendía serlo. Había visto pobreza toda su vida. Había visto hombres dormir junto a la terminal, ancianas vender dulces hasta que se les doblaban las rodillas, niños limpiando parabrisas con la mirada vieja. Pero aquella mujer tenía una forma distinta de desaparecer. No quería que la vieran, y al mismo tiempo parecía estar contando cada paso alrededor de ella.
Compró dos tamales, un vaso de atole y volvió.
—Tome —dijo, dejándolo a cierta distancia—. Está caliente.
Ella levantó la cara.
Los ojos de Inés no estaban vacíos. Eso fue lo primero que Mateo entendió. Tenían miedo, sí. Y cansancio. Pero no locura. No esa caricatura cómoda que la gente del pueblo había inventado para no preguntarse nada más.
—No le debo nada —dijo ella.
Su voz era baja, ronca por el frío o por demasiados silencios.
—Por eso se lo doy —respondió Mateo.
Ella lo observó como si estuviera buscando la trampa en su cara.
Mateo no añadió nada. Sabía que, a veces, insistir en ayudar se parece demasiado a empujar. Se alejó, cruzó la calle y entró al taller con las manos heladas.
Dos horas después, cuando salió a comprar clavos, el vaso estaba vacío y la hoja de tamal doblada con cuidado dentro de una bolsa.
A partir de entonces empezó a verla seguido.
No siempre le llevaba comida. A veces solo se sentaba en la banca de concreto, a varios metros, y comía su propio pan sin obligarla a hablar. Otras veces ella no estaba, y Mateo sentía una inquietud absurda, como si alguien que no conocía ya pudiera faltarle.
San Jacinto notó sus visitas antes que él mismo aceptara que eran visitas.
—Mateo, no seas ingenuo —le dijo don Anselmo, el carnicero, mientras envolvía costillas en papel estraza—. Esa gente sabe detectar a los buenos. Luego se te meten a la casa.
—No se me ha metido nadie —respondió Mateo.
—Todavía.
En la ferretería, dos hombres se rieron cuando lo vieron comprar una cobija.
—¿Ya adoptaste a la del puente? —preguntó uno.
Mateo no respondió. Pagó, tomó la cobija y salió.
La encontró