Mi hermana vació vino tinto sobre mi uniforme de bombera delante de trescientas personas y sonrió como si por fin me hubiera puesto en mi lugar.
La copa no se cayó por accidente. Inés la sostuvo un segundo más de lo necesario, inclinada sobre mi pecho, observando cómo el líquido oscuro bajaba por la chaqueta azul de gala, cruzaba mis insignias y empapaba la medalla que yo había recibido después del incendio de San Jerónimo.
El salón del Club Miramar quedó suspendido en un silencio lujoso: lámparas de cristal, manteles blancos, arreglos de orquídeas, músicos con los arcos detenidos en el aire. Afuera llovía sobre Monterrey, pero adentro todos fingían que nada podía ensuciar esa noche.
Todos, menos yo.
—Ni con uniforme puedes parecer invitada, Catalina —dijo Inés.
Llevaba un vestido marfil que costaba más que mi camioneta y un collar de perlas que había pertenecido a mi madre. Ese detalle me dolió más que el vino. Mi madre había pedido, antes de morir, que sus cosas se repartieran cuando mis hermanas pudieran mirarse sin rencor. Inés nunca esperó a estar lista.
Un murmullo recorrió las mesas. Algunas mujeres apartaron la mirada. Algunos hombres sonrieron detrás de sus copas, contentos de que la incomodidad cayera sobre otra persona.
Mi padre apareció a su lado como si hubiera estado esperando la señal. Ernesto Rivas no caminaba: ocupaba espacios. Había construido su reputación con donativos, inauguraciones, desayunos de empresarios y discursos sobre responsabilidad social. Esa noche era el anfitrión perfecto del compromiso perfecto entre su hija favorita y Mateo Aranda, el heredero más codiciado del norte del país.
—Catalina —dijo en voz baja—, sal de aquí antes de que arruines el compromiso de tu hermana.
—Acabo de llegar.
—Y ya hiciste suficiente.
Lo miré. A los sesenta y tres años seguía usando la misma expresión con la que me había dicho, a los diecisiete, que estudiar para bombera era una vergüenza familiar. La misma con la que me pidió que no fuera al funeral de mi madre con uniforme porque, según él, la gente iba a hablar.
La gente siempre hablaba. Mi padre siempre escuchaba a la gente equivocada.
Mateo Aranda se acercó con una calma ensayada. Traje negro, reloj caro, sonrisa blanca. En las revistas lo llamaban visionario. En la estación, los veteranos lo llamaban de otra manera, pero nunca delante de cámaras.
Se agachó apenas y dejó una tarjeta dorada sobre el charco de vino a mis pies.
—Para la tintorería —dijo—. O para que compres ropa adecuada la próxima vez.
Algunas risas brotaron con timidez, como si nadie quisiera ser el primero, pero todos estuvieran dispuestos a seguir.
Yo miré la tarjeta. Aranda Infraestructura. Letras en relieve. Un apellido brillante sobre papel grueso.
Después miré mi reloj táctico.
01:00.
La vibración contra mi muñeca me recordó respirar.
—Me voy —dije—. Pero les queda exactamente un minuto.
Inés soltó una carcajada.
—¿Un minuto para qué? ¿Para llamar a tu capitán y acusarme de maltratarte?
Mateo no se rió.
Fue mínimo, casi invisible: el movimiento de su mandíbula, la manera en que sus ojos bajaron a mi reloj y luego al acceso principal del salón. Él sí entendió que yo no había elegido esa frase por dramatismo.
Mi padre levantó dos dedos hacia seguridad.
—Acompáñenla a la salida.
Dos guardias avanzaron,