El reloj marcó las seis de la mañana cuando los guardias abrieron la celda de Ramiro Fuentes.
El sonido del metal golpeando contra el marco de hierro recorrió el pasillo como una campana fúnebre. No era la primera vez que Ramiro escuchaba esa puerta abrirse. Durante cinco años, aquel ruido había sido parte de su rutina: desayuno, conteo, revisión, silencio, más silencio.
Pero esa mañana era diferente.
Esa mañana no venían a sacarlo para una audiencia. No venían a trasladarlo a enfermería. No venían a revisar su celda ni a entregarle una carta vieja. Venían porque su tiempo se había acabado.
Ramiro Fuentes tenía cuarenta y dos años, la barba crecida, los hombros vencidos y una mirada que ya no esperaba piedad de nadie. Había pasado cinco años repitiendo lo mismo ante abogados, jueces, guardias, periodistas y presos que se burlaban de él:
— Yo no lo hice.
Lo dijo hasta quedarse sin garganta.
Lo escribió en papeles que nadie leyó.
Lo gritó durante las noches, cuando los recuerdos de su esposa muerta regresaban con el olor de la lluvia y el eco de la casa vacía.
Pero el sistema no le creyó.
La evidencia había sido demasiado perfecta. Sus huellas estaban en el arma. Su camisa apareció manchada de sangre. Un vecino aseguró haberlo visto salir de la casa después del crimen. Y su propio hermano, Esteban Fuentes, declaró que Ramiro había discutido violentamente con su esposa días antes.
Todo encajaba con una precisión aterradora.
Demasiado aterradora.
Cuando los dos guardias entraron, Ramiro no se resistió. Permaneció sentado en el borde de la cama de concreto, con las manos juntas, mirando el suelo húmedo de la celda.
El guardia joven, un muchacho de rostro pálido llamado Morales, evitaba mirarlo directamente. Había escuchado a muchos condenados declararse inocentes. Era casi parte del ritual. Pero algo en Ramiro lo incomodaba desde el primer día: no hablaba como un hombre que buscaba excusas, sino como alguien atrapado en una pesadilla que nunca terminaba.
El guardia mayor, Sandoval, no tenía esos conflictos.
— De pie —ordenó.
Ramiro levantó la cabeza lentamente.
— Quiero pedir una cosa.
Sandoval soltó una risa seca.
— Ya no estás en posición de pedir nada.
— Solo una cosa —repitió Ramiro—. Quiero ver a mi hija.
El joven Morales apretó la mandíbula. Sandoval frunció el ceño.
— No está autorizado.
— Salomé tiene ocho años —dijo Ramiro, y al pronunciar su nombre, la voz se le quebró—. No la veo desde hace tres. No le he podido explicar nada. No pude abrazarla. No pude decirle que su papá no mató a su mamá.
Sandoval dio un paso hacia él.
— Los condenados siempre tienen una última historia triste.
Ramiro se puso de pie. No había rabia en su rostro. Solo una súplica tan desnuda que, por un instante, incluso Sandoval dejó de hablar.
— No pido perdón. No pido que me crean. No pido vivir. Solo déjenme verla antes de morir.
Morales bajó la mirada.
Un minuto después, la petición subía por los pasillos administrativos del penal hasta llegar al despacho del coronel Ignacio Méndez, director de la prisión.
Méndez tenía sesenta años y treinta de servicio. Había visto a hombres rezar, vomitar, cantar, insultar, confesar y desmayarse antes de enfrentar su final. Había aprendido a separar el