todavía qué éramos exactamente la una para la otra.
Hermanas, sí.
Extrañas, también.
Dos mitades de una verdad que había llegado tarde.
No le hablé de dinero ese día.
Le hablé de mi madre cantando mientras barría, de mi padre quemando tortillas porque decía que cocinar era cuestión de actitud, de los domingos con flores amarillas en la mesa.
Mariana me contó que le gustaba dibujar, que odiaba el cilantro, que siempre había sentido curiosidad por las carreteras porque le parecían promesas.
Volví a Monterrey al anochecer con algo que no era felicidad.
Todavía no.
Era una especie de luz pequeña dentro del duelo.
Meses después, Matías fue vinculado a proceso por fraude y falsificación.
Daniela aceptó colaborar con la investigación a cambio de declarar lo que sabía.
Yo inicié el divorcio y pedí una orden de protección.
La herencia quedó asegurada.
Los locales no se vendieron.
La casa tampoco.
Con ayuda del licenciado, abrí el fideicomiso que mi padre había querido dejar listo.
No lo hice por obligación legal.
Lo hice porque, al leer sus notas, entendí su intención: reparar, aunque fuera tarde, todo lo que les habían arrebatado.
El primer domingo en que Mariana visitó la casa, compré flores amarillas.
Las puse en el florero grande de mi madre, el mismo que había sobrevivido a tantas mudanzas y discusiones.
Mariana recorrió la sala despacio, tocando con la mirada los retratos, los muebles, las marcas de vida que no conocía.
Se detuvo frente a una foto de mis padres jóvenes.
“Me hubiera gustado conocerlos”, dijo.
Sentí el nudo de siempre, pero ya no me ahogó.
“Ellos te conocieron en su corazón mucho antes de encontrarte.”
Mariana sonrió apenas.
Ese día cocinamos juntas.
Quemé tortillas como mi papá.
Ella se rió, y su risa llenó una parte de la casa que llevaba años esperando.
Por la tarde, mientras lavábamos platos, sonó mi celular.
Era un número desconocido.
No contesté.
Llegó un mensaje.
Era Matías.
“Todavía no terminó.”
Lo leí una vez.
Después lo reenvié a mi abogada y bloqueé el número.
Mariana me miró, preocupada.
“¿Estás bien?”
Miré la mesa, las flores amarillas, la taza nueva que había comprado para reemplazar la de mi padre.
No era igual.
Nada iba a ser igual.
Pero estaba allí, firme, llena de café recién hecho.
“Sí”, le dije.
“Por primera vez en mucho tiempo, sí.”
Esa noche cerré la puerta con llave, no por miedo, sino por decisión.
La casa ya no era el lugar donde Matías venía a imponer su voz.
Era la casa de mis padres.
Mi casa.
Y ahora, de alguna manera que apenas empezábamos a entender, también era el primer puente hacia mi hermana.
Antes de dormir, encendí una vela frente a la foto de mis padres.
“Lo logré”, susurré.
La llama se movió apenas, como si alguien hubiera respirado cerca.
Y por primera vez desde el accidente, no sentí que el silencio de la casa estuviera vacío.
Sentí que me acompañaba.