interés.
Inés la miró.
“Necesito el nombre de la organización a la que donaste mis cosas”.
Valeria dejó la taza sobre la barra.
“¿Para qué?”
“Quiero recuperarlas”.
“Qué pena, pero eso no se puede. Ya se fueron. Además, sería ridículo pedirlas de vuelta”.
“Dame el nombre”.
La voz de Inés fue baja, pero tan firme que Valeria se quedó inmóvil un instante.
“No me acuerdo”, dijo por fin. “Fue una camioneta que pasa recogiendo cosas. Mateo, dile”.
Mateo acababa de entrar, todavía somnoliento.
“¿Qué?”
“Tu mamá quiere hacer drama por la donación”.
Mateo suspiró y abrió el refrigerador.
“Mamá, por favor. No empieces otra vez. Valeria está tratando de mejorar la casa. Tú misma dijiste que querías compañía, que no querías estar sola. Pues convivir implica adaptarse”.
Inés observó a su hijo. Tenía treinta y siete años, pero en ese momento le pareció más joven y más viejo al mismo tiempo. Joven por la cobardía. Viejo por el cansancio de quien se acostumbró a recibir sin agradecer.
“¿Tú viste lo que sacaron?”, preguntó.
Mateo evitó sus ojos.
“Vi algunas cajas”.
“¿Y no preguntaste?”
“Confié en mi esposa”.
“¿Y en mí?”
Él no respondió.
Ese silencio fue el primer hilo que Inés cortó por dentro.
Durante años, Mateo había vivido de promesas. Primero quiso abrir una cafetería. Inés pagó el anticipo del local. Cerró en ocho meses. Luego quiso vender suplementos deportivos. Inés pagó el inventario. Se quedó almacenado en la cochera. Después, una agencia de publicidad digital, una importadora de lámparas, un curso de bienes raíces. Todo terminaba igual: “Mamá, solo necesito un empujón más”.
Cuando se casó con Valeria, Inés creyó que quizá la estabilidad llegaría con el matrimonio. Les ofreció vivir en su casa “unos meses”. Los meses se volvieron dos años. También les daba una cantidad mensual para gastos. Mateo decía que era temporal. Valeria decía que era una forma justa de contribuir a la familia.
Pero la familia, Inés empezaba a entender, se había convertido en una palabra que usaban para abrirle la cartera.
Esa tarde, mientras ellos salían a comer con amigos, Inés llamó al primer lugar que se le ocurrió: la parroquia donde a veces donaba ropa. Nadie había recibido vestidos antiguos. Luego llamó a dos asociaciones. Nada. Llamó al chofer que a veces recogía muebles en la colonia. Tampoco.
Finalmente habló con Mariela, su empleada del taller, una mujer discreta que llevaba quince años trabajando con ella.
“Doña Inés”, dijo Mariela en voz baja, “ayer vi algo raro”.
Inés apretó el teléfono.
“¿Qué viste?”
“Una publicación en internet. No estaba segura de decirle porque usted estaba en el hospital. Pero había un vestido parecido al azul suyo. Muy parecido”.
“Envíamelo”.
El mensaje llegó un minuto después.
Inés abrió la imagen.
El mundo se le quedó detenido.
Era su vestido azul. El mismo corte elegante, la manga tres cuartos, el bordado mínimo en la cintura. Estaba fotografiado sobre la cama de invitados de su propia casa. La descripción decía: Prenda vintage de colección. Heredada de familiar fallecida. En perfecto estado.
Familiar fallecida.
Inés leyó la frase tres veces.
Luego tomó una captura.
Revisó el perfil de la vendedora. No tenía el nombre de Valeria, sino una cuenta falsa: V. Larios Vintage. Había más publicaciones. Un vestido blanco antiguo, fotografiado sin mostrar la etiqueta. Un