al que había comprado una cuna. El bebé al que le había hablado cada noche. El bebé por el que había rezado.
Muerto.
Pero algo dentro de él no aceptó la explicación.
—Quiero verlo —dijo.
Titi parpadeó.
—¿Qué?
—Quiero ver el cuerpo de mi hijo.
La enfermera tragó saliva.
—Eso no será conveniente ahora. Su esposa está débil. Usted está alterado. Hay procedimientos que seguir.
—No me hables de procedimientos —dijo Mike, levantando la voz—. Soy su padre. Quiero verlo.
El pasillo comenzó a llenarse de personal. Algunas enfermeras miraban al suelo. Otras evitaban los ojos de Mike. Nadie quería involucrarse.
Entonces Bisi comenzó a despertar.
Sus párpados se abrieron lentamente. Estaba pálida, débil, confundida. Lo primero que hizo fue buscar con la mirada.
—Mi bebé —susurró.
Mike se acercó a ella, intentando contener las lágrimas.
—Bisi…
—¿Dónde está? —preguntó ella—. Lo escuché llorar.
Titi dio un paso adelante.
—Señora, usted estaba inconsciente. Puede confundirse después del parto.
Bisi giró la cabeza hacia ella.
—No estoy confundida. Mi bebé lloró.
Esa frase cambió todo.
Mike levantó la mirada lentamente. Ya no era solo dolor. Ahora era sospecha.
—Ella escuchó llorar al bebé —dijo.
—Eso no prueba nada —respondió Titi demasiado rápido.
—Prueba que nació vivo.
Titi intentó mantener el control, pero su voz empezó a quebrarse.
—Ustedes están bajo shock. Es normal buscar explicaciones.
Mike salió de la sala y fue directo a recepción.
—Quiero hablar con el médico principal. También quiero ver el registro del parto. Y quiero el cuerpo de mi hijo ahora mismo.
La recepcionista se quedó paralizada.
En ese momento, un joven limpiador llamado Samuel apareció al fondo del pasillo. Llevaba un balde en una mano y un trapo en la otra. Había estado trabajando cerca del almacén cuando vio a Titi salir por la puerta trasera con un bebé.
Samuel era pobre. Necesitaba su trabajo. Sabía que hablar podía traerle problemas. Titi era una enfermera con poder dentro del hospital, una mujer que podía hacer que despidieran a cualquiera.
Pero también sabía que un bebé había sido robado.
Y sabía que una madre estaba llorando por un hijo vivo.
Samuel respiró hondo y se acercó a Mike.
—Señor —dijo con cuidado—. Yo vi algo.
Mike se giró de inmediato.
—¿Qué viste?
Samuel miró hacia Titi. Ella estaba al otro lado del pasillo, observándolo con una advertencia clara en los ojos.
—Habla —dijo Mike—. No tengas miedo.
Samuel sacó su teléfono del bolsillo.
—Vi a la enfermera Titi salir por la puerta trasera con un bebé envuelto en una tela blanca. Luego llegó un jeep negro. Una mujer bajó, le entregó una bolsa y se fue con el bebé.
Mike sintió que la sangre le subía a la cabeza.
—¿Estás seguro?
Samuel levantó el teléfono.
—Grabé un video.
El pasillo quedó helado.
Titi intentó correr, pero dos enfermeras la bloquearon sin pensar. Mike tomó el teléfono de Samuel con manos temblorosas. En la pantalla se veía todo. Titi. El bebé. El jeep negro. La mujer. La bolsa.
No había forma de negarlo.
Desde la sala, Bisi escuchó los gritos y comenzó a llorar.
—¡Mi hijo está vivo! ¡Devuélvanme a mi hijo!
Mike llamó a la policía.
Cuando los agentes llegaron, Titi ya no tenía fuerzas para fingir. Primero negó. Luego lloró. Después suplicó. Finalmente, cuando le