lugar que yo tenía que defender sola.
Esa tarde llevé una nueva urna al pequeño jardín junto al muelle.
No era de cerámica fina. Era una caja de madera hecha por los carpinteros del taller, con la letra J grabada en la tapa. Camila puso dentro lo que habíamos logrado recoger. Después colocó al lado la llave simbólica del primer taller.
—¿No la vas a guardar? —me preguntó.
Negué.
—Ya abrió lo que tenía que abrir.
Nos quedamos mirando el agua.
El viento olía a sal y metal caliente. A trabajo. A vida.
Camila apoyó la cabeza en mi hombro.
—Mamá.
—Dime.
—Gracias por no firmar.
Miré el astillero, las manos de los trabajadores, la oficina de Julián, el lugar donde mi hija tendría que aprender de nuevo a confiar en sí misma.
—No era mío para regalarlo por miedo —respondí—. Era nuestro para cuidarlo con valor.
Y mientras el sol caía sobre el puerto, entendí que Álvaro no había destruido la memoria de Julián al tirar aquella urna.
Sin querer, la había despertado.