ropa, un frasco de pastillas que ya no servían y tres niñas dormidas en casa de Doña Irma. No tuvo tiempo de caer. Tenía que preparar desayunos, firmar tareas, peinar cabellos, lavar uniformes y salir a trabajar antes de que amaneciera.
—Yo no era bueno para todo —admitió—. Se me quemaban las tortillas. A veces olvidaba mandarles merienda. Una vez Mariana fue a la escuela con dos zapatos distintos.
Mariana bajó la mirada y sonrió con tristeza.
—Me acuerdo.
—Pero nunca les faltó amor —dijo Raúl—. Eso sí lo sé.
La primera visita de Teresa Alvarado ocurrió tres meses después del entierro. Llegó con una blusa blanca, tacones bajos y una carpeta oficial. Dijo que venía del departamento de protección familiar. Habló con palabras suaves, casi maternales. Le explicó que algunos vecinos habían reportado que las niñas pasaban muchas horas solas. Raúl intentó defenderse. Dijo que Doña Irma las cuidaba, que él regresaba lo más pronto posible, que ya estaba buscando un trabajo con horario fijo.
Teresa miró la cocina vacía, la humedad del techo y las manos agrietadas de Raúl.
—Nadie duda de que las quiera —le dijo—. Pero querer no siempre alcanza.
La frase se le quedó clavada.
Un mes después, Abril tuvo fiebre. Raúl no pudo faltar a la obra porque le descontaban el día y necesitaba pagar la renta atrasada. Dejó a las niñas con una vecina joven que se durmió viendo televisión. Teresa apareció otra vez, esta vez acompañada por un hombre de bigote que no se presentó. Tomaron fotos del cuarto, de una olla sin lavar, de las mochilas en el piso.
—Me hicieron sentir como un criminal —dijo Raúl—. Y yo estaba solo. No sabía a quién pedir ayuda.
La propuesta llegó poco después.
Un hogar temporal. Solo por unas semanas. Las niñas estarían juntas, cuidadas, alimentadas. Raúl podría estabilizarse, conseguir empleo fijo, reparar la casa. Teresa prometió que no era una renuncia.
—Me puso el papel enfrente —recordó Raúl—. Yo le dije que no firmaba nada si era para perderlas. Ella me respondió: firme para demostrar que quiere recuperarlas.
Lucía abrió lentamente la carpeta.
—Tenemos una copia de ese documento.
Raúl levantó la mirada.
—¿La tienen?
Mariana sacó una hoja con sellos oficiales. La puso sobre la mesa, girada hacia él.
—Aquí dice que firmaste una autorización temporal por noventa días. No una entrega definitiva.
Raúl sostuvo la hoja como si pesara kilos.
—Eso fue lo que firmé.
—Pero tres páginas después —dijo Lucía— aparece otra firma, supuestamente tuya, autorizando la separación y renunciando a todo derecho de visita.
Raúl se inclinó sobre el documento.
La firma parecía suya a primera vista. La R larga, la M marcada. Pero él notó algo que nadie más habría notado: el trazo final subía hacia la derecha. Su firma siempre bajaba, por una vieja lesión en la muñeca.
—Esa no es mi firma.
—Lo sabemos —dijo Mariana.
Abrió una segunda bolsa plástica y sacó un informe pericial.
—Una perito grafóloga la revisó. Es falsa.
El cuarto quedó sin aire.
Raúl dejó el papel sobre la mesa. Por primera vez en quince años, la palabra que había sentido en el cuerpo tuvo forma: falso. No había sido débil. No había sido ignorante. No había entregado a sus hijas. Alguien le había arrancado la vida con una