lentamente, como si cada movimiento tuviera consecuencias legales.
—Julián —dijo—, necesitamos hablar fuera.
—Tú no me das órdenes en mi mesa.
—Ya no estoy seguro de que sea tu mesa.
La frase estremeció el salón.
Inés vio, por primera vez en años, una grieta verdadera en la autoridad de su padre. No una molestia. No una rabia pasajera. Una grieta.
Entonces su madre habló.
—Julián, basta.
Todos giraron hacia ella.
Clara Solana llevaba un vestido azul oscuro y un collar de perlas que Julián le había regalado después de una discusión particularmente cruel, como si un regalo caro pudiera convertir el miedo en gratitud. Tenía las manos juntas sobre el regazo. Parecía frágil, pero Inés conocía esa postura. Su madre no estaba temblando. Se estaba conteniendo.
Julián la miró con una furia doméstica, íntima, de esas que se ejercen a puerta cerrada y por eso duelen más.
—Tú no te metas.
Clara levantó la vista.
—Sí me meto.
Abrió su bolso y sacó un sobre azul.
Lo puso junto a su plato. Nadie tocó los cubiertos.
—Porque Inés no vino solo por una bufanda —dijo—. Y tú todavía no sabes qué más perdió el despacho esta noche.
Julián soltó una risa seca.
—¿Ahora tú también vas a hacer teatro?
Clara no contestó. Empujó el sobre hacia Inés.
—Me pediste que guardara esto hasta estar segura —dijo—. Ya estoy segura.
Inés sintió que el pecho se le cerraba. Ella no esperaba ese momento allí, delante de todos. Había hablado con su madre semanas antes, después de encontrar una serie de correos extraños en una revisión interna. Pero Clara había pedido tiempo. Tiempo para revisar documentos. Tiempo para aceptar lo que ya parecía evidente.
Inés tomó el sobre.
—Mamá.
—Ábrelo.
Julián se puso de pie.
—No vas a abrir nada en esta mesa.
Salcedo también se levantó.
—Si tiene relación con el despacho, sí.
—Te recuerdo que soy socio director.
—Y yo te recuerdo que el comité puede reunirse sin ti si existe conflicto de interés.
La mirada de Julián se volvió afilada.
Inés abrió el sobre.
Dentro había tres hojas impresas y una memoria USB negra. En la primera hoja aparecía una cadena de pagos a una consultora desconocida: Ladera Norte Servicios. En la segunda, capturas de correos reenviados desde una cuenta privada. En la tercera, una lista de accesos temporales a expedientes de auditoría.
El nombre de Julián no aparecía.
El de su asistente, sí.
Y al final de una autorización interna, debajo de una firma digital, aparecía una dirección IP asociada al despacho Rivas, Salcedo y Luna.
Inés levantó la mirada.
—¿Qué es esto?
Clara tragó saliva.
—Lo que encontré en el correo de tu padre cuando me pidió que imprimiera unos documentos para la cena.
Julián golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Basta!
Las copas vibraron.
El asociado joven dio un respingo. Ernesto Alcázar empalideció.
Inés no se movió. Había escuchado golpes de mesa desde pequeña. Antes la paralizaban. Ahora eran evidencia.
—¿Qué contienen esos accesos? —preguntó Salcedo.
Inés revisó la tercera hoja. La sangre se le enfrió.
—No son documentos contractuales. Son reportes preliminares de vulnerabilidad.
Ernesto se levantó de golpe.
—¿Reportes de mi red?
—De varias redes —dijo Inés, sin quitar los ojos de la hoja.
Valeria había sospechado una filtración dos semanas antes. No