era preliminar. Faltaban los resultados toxicológicos complementarios. Y esos resultados, recibidos esa misma mañana, mostraban la presencia de un sedante que jamás le había sido recetado a Valeria y que no debía encontrarse en el cuerpo de una mujer embarazada.
Vi a Nicolás tragar saliva. Vi a Rebeca mirarlo, pero ya no como socia sino como quien acaba de descubrir que el suelo no era suelo.
En el último banco se levantó entonces Doña Elvira, la empleada doméstica que había trabajado en la casa desde antes de la boda. Era una mujer pequeña, de voz tímida, de las que siempre entran pidiendo perdón aunque no deban nada. Tenía las manos temblorosas, pero los ojos firmes. Sacó de su bolso una tarjeta de memoria envuelta en un pañuelo.
—Es del monitor del cuarto del bebé —dijo—. Y él no sabe que yo la saqué antes de que borraran todo.
El entierro se suspendió. El sacerdote pidió calma. Alguien llamó a la policía, aunque en realidad ya lo había hecho Don Esteban minutos antes, cuando Nicolás intentó interrumpir la lectura. El detective Marcelo León llegó con dos agentes y tomó declaración en la misma sacristía. El templo, que había empezado la mañana como un lugar de despedida, terminó convertido en un lugar donde por fin se pronunciaban las sospechas que mi hija había tenido que callar.
Mientras declaraba, yo empecé a recordar cosas que había querido no ver. Los silencios de Valeria. El modo en que Nicolás respondía por ella. Las veces que ella canceló el almuerzo del domingo diciendo que se sentía mareada. Una marca morada bajo la correa de su reloj que me dijo que era por haberse golpeado con una puerta. La forma en que bajaba la voz cuando él entraba a la habitación.
Cuando Valeria me anunció su embarazo, yo creí que la felicidad por fin le iba a ordenar la vida. Estaba radiante esa tarde. Llevaba un vestido amarillo, se tocaba el vientre a cada rato y se reía hasta con los ojos. Nicolás lloró al enterarse. Recuerdo que hasta me conmovió. Hoy sé que no lloraba de emoción. Lloraba de alivio. Samuel significaba un vínculo más difícil de romper y un acceso todavía más cómodo al patrimonio de mi hija.
Valeria heredó de su padre tres departamentos en Guadalajara, una casa grande y una cuenta de inversión que debía pasar a manos de Samuel cuando naciera. Nicolás llegó a su vida con modales impecables y planes grandiosos. Hablaba de inversiones, de expansión, de proyectos. Mi hija, que siempre creyó que amar era confiar, le abrió la puerta a sus decisiones financieras. Fue el error que él explotó primero.
Con el tiempo, Nicolás dejó de pedirme que pasara a visitarlos. Empezó a decir que Valeria necesitaba reposo, silencio, menos estrés. Contrató personal nuevo. Despidió a la antigua administradora de los departamentos. Rebeca apareció oficialmente como asesora comercial, aunque su presencia en la casa era demasiado cómoda para ser profesional. Valeria comenzó a apagarse. Sonreía menos. Me abrazaba más fuerte. Una tarde, mientras doblábamos ropita de bebé, me dijo en voz baja:
—Mamá, si algún día me pasa algo, no dejes que hagan todo rápido.
Yo le pregunté si Nicolás le había hecho algo. Ella negó con la cabeza. Pero no me sostuvo la mirada.
Después de la