Mi hermano se burló de mis manos delante de toda la familia, pero dejó de sonreír cuando la gerente del banco apareció con un sobre gris y preguntó por mí.
Esa noche era el cumpleaños número sesenta y cinco de mi madre. La casa de mis padres estaba iluminada como si todavía fuéramos una familia feliz: velas en el comedor, flores blancas en la mesa, copas brillando bajo la lámpara antigua, un pastel de tres leches esperando en la cocina y un mantel que mi madre solo usaba cuando quería que nadie discutiera.
Yo llegué tarde, pero llegué. Había pasado la tarde entera dentro de una cámara frigorífica de un supermercado, cambiando un compresor que se había quemado dos horas antes de recibir un cargamento de carne. El dueño me rogó que no lo dejara para el día siguiente. Yo no pude decir que no. Sabía lo que significaba perder mercancía para alguien que vive de venderla.
Me bañé en el taller, me cambié la camisa, me lavé las manos tres veces y aun así algunas líneas oscuras quedaron debajo de mis uñas. No era mugre. Era la marca terca del trabajo.
Cuando entré al comedor, mi madre se levantó primero.
—Mateo, hijo, qué bueno que viniste.
La abracé con cuidado. La sentí más delgada que la última vez. Olía a crema de rosas y a cansancio.
—Feliz cumpleaños, mamá.
Ella sonrió, pero miró por encima de mi hombro, como si temiera algo. Yo entendí qué era cuando escuché la voz de Rodrigo desde la cabecera derecha de la mesa.
—Pensé que ibas a venir con overol.
Algunas personas rieron bajito.
Mi hermano Rodrigo llevaba una camisa azul sin una sola arruga, un reloj que costaba más que mi camioneta y esa seguridad de hombre que nunca ha tenido que explicarle a un cobrador por qué necesita dos semanas más. Era arquitecto, desarrollador inmobiliario, socio de empresas con nombres largos. En las reuniones familiares todos hablaban de sus proyectos aunque nadie entendiera realmente si ganaba dinero o solo aparentaba ganarlo.
Mi padre, Esteban Luján, estaba sentado en la cabecera. Había sido comerciante toda su vida y medía a los hombres por la suavidad de sus manos. Para él, el éxito era una oficina con aire acondicionado, una pluma cara en el bolsillo y gente esperando afuera para pedirte permiso.
Yo nunca encajé en esa imagen.
Me senté junto a mi prima Clara, lejos de Rodrigo. Pensé que podría pasar la noche sin problemas. Comer, cantar las mañanitas, darle a mi madre el regalo que llevaba escondido en una bolsa de papel y salir antes de que empezaran las comparaciones.
Pero Rodrigo no había venido a cenar. Había venido a tener público.
Después del primer brindis, golpeó suavemente su copa con el cuchillo.
—Antes de que se me olvide —dijo—, Mateo, cuéntales a todos cómo va tu gran empresa.
El tono fue suficiente. Mi tía bajó la mirada al plato. Mi primo levantó una ceja. Mi madre apretó la servilleta en las piernas.
—Va bien —respondí—. Hay trabajo.
—No seas humilde —insistió Rodrigo—. Explícales. Tú reparas refrigeradores gigantes, ¿no? De esos que huelen a mercado.
Respiré por la nariz.
—Refrigeración industrial. Cámaras para alimentos, laboratorios, hospitales, transporte frío.
—Eso —dijo él, sonriendo—. Congeladores.
La risa recorrió la mesa como una corriente