cansancio de un embarazo avanzado y algo más viejo que todo eso: agotamiento moral.
—Me voy —dije.
Mi madre pronunció mi nombre con un tono helado. Rebeca me siguió hasta el recibidor.
La escalera curvada quedaba a un lado de la entrada. Había una consola angosta con un jarrón de hojas secas, un paragüero de hierro y, sobre un marco alto, la pequeña cámara que mi madre había instalado semanas antes porque aseguraba que un repartidor le había robado un paquete. Recuerdo haber visto la luz verde parpadeando. Recuerdo el olor del guiso, la cera del piso y el reloj marcando las tres y doce. Mi memoria se volvió quirúrgica en ese instante, como si mi cuerpo hubiera entendido que lo que venía merecía conservarse completo.
—No te atrevas a irte así —dijo Rebeca detrás de mí.
Yo tenía ya la mano sobre la perilla.
—No me toques.
Sentí sus dedos aferrarse a mi brazo. Giré apenas para apartarla y le vi la cara. No estaba fuera de sí. No era un arranque ciego. Estaba fría. Centrada. Con una dureza plana que conocía de otras veces, cuando era adolescente y rompía algo después de decidir exactamente qué dolería más.
—Si yo me hundo, tú te vienes conmigo —susurró.
Y me empujó.
No rodé por los escalones. Retrocedí mal, el talón se trabó con la alfombra del recibidor y el costado de mi cuerpo golpeó la esquina de la consola antes de desplomarme en el piso. Sentí un latigazo en la cadera, aire saliéndome de golpe y luego algo tibio bajándome por la pierna. Miré y vi sangre. Por un segundo el mundo se quedó sin sonido. Después escuché mi propia voz, muy lejana, llamando a mi madre.
Elena avanzó dos pasos, me miró, miró a Rebeca y eligió bando en menos de un segundo.
—Mírala cómo se puso —dijo, con fastidio—. Rebeca, respira. Valeria, discúlpate ahora mismo. Sabes que ella está al límite.
Eso fue lo más brutal de todo. No el empujón, sino la normalidad con la que mi madre convirtió mi dolor en una tarea doméstica de contención. Como si yo fuera la adulta funcional y Rebeca una tormenta natural a la que había que administrar.
Yo obedecí por reflejo.
—Perdón —murmuré.
Entonces mi hija se movió de una forma extraña, un espasmo duro que me atravesó el vientre, y algo dentro de mí despertó. Saqué el teléfono del bolso y llamé a emergencias. Cuando la operadora respondió, hablé despacio, con una claridad que ni yo sabía que me quedaba.
—Tengo ocho meses de embarazo. Mi hermana me empujó. Estoy sangrando. Necesito una ambulancia y quiero que venga la policía.
Mi madre intentó corregir la escena al instante.
—Fue un accidente —dijo, acercándose por fin—. No exageres.
La operadora me preguntó si quien me había empujado seguía en la casa y si había cámaras en la entrada. Levanté la vista hacia la luz verde. Mi madre siguió mi mirada. Su rostro cambió por primera vez en toda la tarde.
Las sirenas llegaron en menos de diez minutos. El primer policía detuvo a mi madre cuando quiso limpiar la sangre con una toalla. Rebeca habló demasiado rápido, inventó que me había resbalado y hasta intentó parecer preocupada. Yo señalé la cámara con un dedo tembloroso mientras los paramédicos me