Entonces imaginé otra vez mis cajas mojadas. Mi foto rota. Mis cartas de Raúl expuestas en manos ajenas. Mi anexo convertido en negocio. Y la voz de Paula diciéndome que buscara otro lugar para quedarme.
La compasión sin límites no es bondad.
Es permiso.
—Van a recoger lo indispensable esta noche —dije—. Lo demás se inventaría. Tendrán oportunidad de coordinar la entrega posterior por medio de mi abogada.
Tomás abrió la boca como si quisiera suplicar algo, pero no encontró palabras.
Verónica estableció el procedimiento: dos horas para sacar objetos personales básicos, prohibición de retirar muebles o artículos cuya propiedad fuera dudosa, inventario fotográfico inmediato del anexo y áreas comunes, y cambio de cerraduras al terminar.
Paula protestó, gritó, lloró, acusó humillación, habló de ingratitud, de crueldad, de “todo lo que había hecho por esa casa”, frase que casi me hizo reír por lo absurda.
Tomás se movía como un hombre sonámbulo.
Yo entré al anexo con una libreta y empecé a anotar faltantes.
Cómoda de nogal heredada de mi madre.
Lámpara de latón con pantalla color marfil.
Colcha bordada a mano.
Dos cajas de libros.
Carpeta gris con copias de escrituras, pólizas y actas.
Caja de cartas personales.
Cuando pronuncié “carpeta gris”, Paula se puso rígida.
Fue un segundo. Pero yo lo vi.
—¿Dónde está? —pregunté.
—No sé de qué hablas —respondió demasiado rápido.
Verónica levantó la vista de la tablet.
—Señora Paula, le recomiendo no ocultar ni destruir documentación de mi clienta.
—¡Yo no he ocultado nada!
Tomás se acercó.
—Paula, ¿qué carpeta?
Ella lo ignoró y siguió metiendo ropa a una maleta. Su descontrol era cada vez más evidente: aventaba zapatos, arrugaba blusas, dejaba caer cosméticos. Los policías se mantuvieron atentos.
Yo recorrí la casa con una sensación extraña. Era mi casa, sí. Pero durante meses había sido vivida como si yo fuera una visita tolerada. En la cocina encontré mis platos mezclados con vajillas nuevas. En el estudio había una impresora que yo no conocía. En la alacena, cajas y cajas de materiales para talleres. En la sala, fotografías de ellos donde antes colgaban acuarelas que Raúl y yo habíamos comprado en un viaje.
No era solo invasión.
Era sustitución.
Querían borrar la evidencia de que aquello había sido mío antes de serles prestado.
En el cuarto principal escuché la primera discusión real entre ellos.
—¿Cuánto debíamos? —preguntó Tomás en voz baja, temblorosa.
—No empieces —respondió Paula.
—¿Cuánto, Paula?
—Lo iba a arreglar.
—¿Con qué dinero?
No quise seguir escuchando. A veces la verdad se vuelve más humillante cuando uno la oye al desnudo.
Volví al anexo. Bajo una mesa alta de madera vi una caja de plástico con telas y papeles. La moví. Abajo estaba mi carpeta gris, doblada y manchada con pintura. La abrí con el corazón acelerado.
Faltaban documentos.
No todos.
Solo algunos.
Las copias de la escritura seguían ahí. También pólizas viejas. Pero no encontré la carpeta transparente donde guardaba estados de cuenta recientes ni una hoja específica: una constancia notarial relacionada con el fideicomiso de inversión que Raúl y yo habíamos constituido años atrás.
Fue entonces cuando una idea desagradable se acomodó en mi cabeza.
Busqué a Verónica.
—Faltan papeles —le dije en voz baja.
Ella me miró con atención inmediata.
—¿Importantes?
—Sí.
Paula nos observaba desde el pasillo.
Verónica cambió