documento irregular para destrucción administrativa”.
Levantó la mirada.
—Usted quiere que yo firme que les entregué mi pasaporte para que lo destruyeran.
—Es el procedimiento.
—Es una mentira.
—Es su salida más rápida.
Elena sintió una punzada de miedo, no por ella, sino por el informe que debía estar presentando al día siguiente. Pensó en Rosa Emilia, en Yadira, en Milena. Pensó en todas las familias que le habían confiado sus historias porque alguien, por fin, iba a decirlas en voz alta ante quienes podían cambiar algo.
Castañeda empujó el bolígrafo hacia ella.
—Firme.
Elena no lo tocó.
—No voy a ayudarlo a borrar lo que hizo.
Él se acercó tanto que ella pudo oler café rancio en su aliento.
—Usted no sabe dónde está parada.
Elena levantó la barbilla.
—Usted no sabe a quién acaba de esposar.
La puerta se abrió antes de que él respondiera.
Entró un hombre de traje gris, cabello canoso y rostro descompuesto. Elena lo reconoció por la placa: supervisor Arturo Beltrán. Venía con un teléfono en la mano y el color de alguien que acababa de recibir una noticia capaz de destruirle la carrera.
—Agente Castañeda —dijo—. Retire las esposas.
Castañeda frunció el ceño.
—Señor, la detenida está bajo investigación por documento fraudulento.
—Retire las esposas.
Vega buscó las llaves. Sus dedos temblaban. Cuando el metal se abrió, Elena sintió un dolor fino en las muñecas. No se frotó. No quería regalarles ese gesto.
Beltrán extendió el teléfono.
—Doctora Moya, la Fiscalía General está en la línea.
Elena lo tomó.
—Mateo.
Al otro lado hubo un silencio breve. No era duda. Era contención.
—Elena, dime primero si estás herida.
—No físicamente.
Castañeda bajó la mirada al piso.
—¿Destruyeron el pasaporte? —preguntó Mateo.
—Sí. Frente a cámaras. Sin verificación. Intentaron hacerme firmar una entrega voluntaria.
El silencio regresó. Esta vez fue más frío.
—No salgas de esa sala sin copia del registro, nombres completos, número de placa y resguardo de cada fragmento. Ya solicité preservación de video. Asuntos Internos va en camino. También un juez de control.
Elena miró a Castañeda.
—Creo que escucharon.
Beltrán tragó saliva.
—Fiscal Soler, estamos revisando el procedimiento y…
La voz de Mateo se filtró lo suficiente para que todos la escucharan.
—No revise. Preserve. Cada segundo de video, cada hoja, cada bandeja, cada registro de acceso. Si desaparece algo, voy a tratarlo como destrucción de evidencia.
Vega se puso pálida.
Castañeda intentó recuperar autoridad.
—Señor supervisor, actuamos ante una sospecha razonable.
Beltrán se giró hacia él.
—¿Cuál verificación hizo antes de romper el documento?
—La apariencia era inconsistente.
—Le pregunté qué verificación hizo.
Castañeda no respondió.
Elena dejó el teléfono sobre la mesa en altavoz.
—Mateo, hay algo raro.
—Te escucho.
—Sabían mi nombre antes de leerlo en voz alta. Cuando me acerqué al puesto, la oficial Vega ya estaba mirando mi bolso. Castañeda no escaneó el pasaporte antes de cuestionarlo. Y el formulario de entrega voluntaria estaba casi completo cuando entró con él.
Beltrán miró a Vega.
—¿Es cierto?
—No —dijo ella demasiado rápido.
Elena continuó:
—También tiraron los fragmentos en una bolsa común. No en cadena de custodia.
Mateo no levantó la voz.
Eso lo hacía más peligroso.
—Supervisor Beltrán, aparte inmediatamente a esos dos agentes y entregue la sala a Asuntos Internos.
Beltrán asintió, aunque Mateo