había empezado a crecer al mismo tiempo que el dinero desaparecía de nuestras cuentas y él llegaba tarde oliendo a perfume que no era mío.
Lorena llevaba un vestido crema, un peinado impecable y la clase de expresión educada que usan algunas mujeres cuando quieren ser crueles sin ensuciarse las manos. Había enviado mensajes suficientes como para que yo supiera que disfrutaba del papel que jugaba en mi caída.
Una vez me mandó la foto de mi bata sobre su cuerpo.
Otra, una copa de vino sobre mi isla de cocina.
La última, una imagen de la cabecera de mi cama con un texto breve: Ahora sí parece una habitación viva.
No respondí a ninguna.
Tomás sí respondió cuando le mostré las capturas.
Se rio.
Dijo que yo veía amenazas donde solo había torpeza.
Cuando la jueza entró, la sala se puso de pie. Yo me senté con cuidado, intentando ignorar la patadita seca de mi hijo debajo de las costillas. Lucía abrió su carpeta. El abogado de Tomás, un hombre llamado Esteban Moya, acomodó sus papeles con la confianza del que ya había logrado que más de una mujer pareciera histérica frente a un estrado.
La audiencia comenzó con formalidades.
Mis datos.
Los de Tomás.
La exposición sintética de la solicitud: medidas anticipadas de guarda y custodia inmediata al nacer, con restricción parcial de contacto materno hasta evaluación posterior.
Dicho así sonaba técnico.
Casi neutro.
Pero lo que significaba era monstruoso: que el hombre que me dejó embarazada, me humilló, vació nuestras cuentas y me siguió hasta el control prenatal de la semana treinta y dos ahora quería salir del hospital con el bebé y dejarme a mí sometida a peritajes, visitas supervisadas y sospechas fabricadas.
Esteban habló primero.
Enumeró los ingresos de Tomás. Mostró contratos, estados financieros, fotografías de una casa nueva en las afueras, un cuarto infantil decorado con muebles escandinavos y paredes gris claro. Presentó una lista de posibles cuidadoras, una pediatra conocida por la familia Arrieta y hasta un cronograma de cuidados para los tres primeros meses de vida del bebé.
Todo era tan pulcro que daba asco.
Después me describió a mí.
Sin empleo estable.
Sin padres presentes.
Sin hermanos en la ciudad.
Con episodios de ansiedad documentados en consultas médicas.
Con reacciones emocionales incompatibles con la crianza inmediata de un recién nacido.
—Mi clienta dejó de trabajar por indicación médica durante un embarazo de riesgo —interrumpió Lucía—. Y los antecedentes psicológicos a los que hace referencia la contraparte surgen en contexto de violencia y abandono económico.
—Eso no está acreditado —replicó Esteban.
Tomás entonces pidió hablar.
Y la jueza se lo permitió.
Lo vi ponerse de pie con esa falsa modestia que tanto había seducido a mis amigos cuando aún creían que yo había tenido suerte de casarme con alguien como él. Yo también lo creí una vez.
Lo conocí en una inauguración en la galería donde yo coordinaba artistas emergentes. Llegó tarde, impecable, con una sonrisa de hombre atento y una facilidad casi insultante para hacer sentir especial a quien tenía delante. Me preguntó por las obras como si de verdad le interesaran. Recordó mi nombre. Volvió dos días después con café.
Durante meses fue generoso, considerado, divertido.
La primera vez que me corrigió en público fue tan sutil que pensé que