La mañana en que mi familia llegó con una corredora, dos carpetas y una sonrisa de entierro, Lucía entendió que no venían a visitarla: venían a borrarla.
La lluvia caía sobre Ñuñoa con una insistencia triste. Las gotas resbalaban por los ventanales del departamento y deformaban la ciudad en líneas grises. Desde la mesa del comedor, Lucía Fuentes veía pasar los buses como manchas rojas detrás del vidrio, mientras una taza de té se enfriaba intacta entre sus manos.
Había dormido poco. A las cuatro de la mañana había recibido un correo de su abogada, Camila Reyes, con tres archivos adjuntos y una frase que todavía le martillaba el pecho: “No firmes nada si aparecen. Ya encontramos una irregularidad mayor”.
Aparecieron a las nueve y diecisiete.
Primero escuchó el ascensor detenerse. Luego unos pasos conocidos en el pasillo. Después, el sonido imposible de una llave entrando en su cerradura.
Lucía se levantó tan rápido que la silla chirrió contra el piso. Su madre, Irene Salvatierra, entró sin tocar, sacudiendo un paraguas negro como si el departamento fuera suyo, como si Lucía fuera apenas un mueble mal puesto dentro de una propiedad familiar.
Irene llevaba un abrigo color marfil, el pelo recogido con perfección y esa expresión de desprecio tranquilo que Lucía conocía desde niña. Detrás de ella venía Rodrigo Mena, su padrastro, alto, ancho de hombros, con un impermeable oscuro y una mirada de hombre acostumbrado a que nadie le pidiera explicaciones. A su lado caminaba una mujer de traje azul marino, tacones discretos, una tablet bajo el brazo y una sonrisa profesional que comenzó a apagarse apenas cruzó la puerta.
—Es este —dijo Irene, sin saludar a su hija—. Tiene buena orientación. Aunque, claro, mi hija lo haya convertido en una cueva.
Lucía se quedó de pie junto a la mesa.
—¿Qué significa esto?
Rodrigo cerró la puerta con una lentitud ofensiva. Ni siquiera la miró al principio. Recorrió el living con los ojos, evaluando las paredes, las cortinas, la repisa de libros, las plantas pequeñas junto a la ventana.
—Significa que por fin vamos a hacer algo inteligente con esta propiedad —respondió.
La mujer de traje dio un paso adelante.
—Buenos días. Soy Verónica Rivas, de TerraSur Propiedades. Me dijeron que la familia quería coordinar una evaluación para una venta rápida.
Lucía giró lentamente hacia ella.
—¿La familia?
La incomodidad cruzó el rostro de Verónica.
—Sí. Su madre me explicó que estaban todos de acuerdo.
Irene soltó una risa corta.
—No empieces, Lucía. Ya bastante difícil ha sido todo contigo. Esta casa no puede seguir desperdiciándose en una mujer que ni siquiera pudo sostener un matrimonio.
El golpe cayó justo donde Irene lo había apuntado.
Hacía ocho meses, Tomás se había ido con una maleta gris y una explicación cobarde. Dijo que necesitaba aire. Una semana después, Lucía descubrió que el “aire” tenía nombre, departamento en Vitacura y fotos con él desde hacía más de un año. Desde entonces, su madre había usado el abandono como prueba final de que Lucía siempre había sido defectuosa.
—Empaca tus cosas con dignidad —añadió Rodrigo, metiendo las manos en los bolsillos—. Te conseguimos una pieza cerca del terminal. Barata. Funcional. Más acorde con tu situación.
Verónica bajó un poco la tablet.
—Disculpen… ¿la señora Lucía no vive aquí como propietaria?
—Vive