tiempo reescribiendo nuestra historia en su cabeza.
—Y ya te lo agradecí bastante.
Sentí que me faltaba el aire.
—Entonces, ¿con quién piensas ir?
Se ajustó el reloj y respondió con la serenidad de alguien que cree tener el poder de decidir quién existe y quién no.
—Con Adriana Baeza. Su padre está en el consejo y ella entiende cómo funciona este mundo. Además, ya avisé en la entrada que no te dejen pasar si apareces. No hagas una escena peor.
No fue Adriana lo que terminó de abrirme los ojos. Ni siquiera fue el vestido. Fue esa última frase. Ya avisé en la entrada. Mientras yo todavía pensaba en nosotros, él ya había previsto mi humillación completa.
Tomás se fue sin mirar atrás. Escuché el motor de su auto alejarse y me quedé sola frente al brasero. El patio de la casa se llenó de un silencio raro, contenido, casi ceremonioso. No lloré. No de inmediato. Me agaché, recogí entre dos dedos un pedazo chamuscado de la basta del vestido y de pronto recordé algo que él había olvidado por completo: esa casa no era nuestra. Formaba parte de un paquete de propiedades del fideicomiso, y después de un intento de robo meses antes, Lorenzo Salcedo había ordenado instalar cámaras exteriores nuevas. Tomás firmó la autorización sin siquiera leerla.
Entré a la cocina, me lavé la cara y abrí el cajón donde guardaba un teléfono reservado para asuntos que no admitían demora. Lorenzo contestó al segundo tono.
—Dime, Renata.
—Activa protocolo de presidencia —le ordené—. Quiero el traje marfil del archivo Ortega, los esmeraldas de mi madre y el expediente completo de Tomás Serrano antes de que llegue al hotel.
Hubo una pausa brevísima, medida, profesional.
—Entendido.
Miré por la ventana el humo que todavía subía desde el patio.
—Y recupera ya mismo la grabación de la cámara exterior.
Su voz cambió apenas.
—¿Ocurrió algo?
Apreté el trozo de tela quemada dentro del puño.
—Esta noche voy a comprobar si el hombre con el que me casé todavía existe o si llevo años viviendo con un extraño.
Veinticinco minutos más tarde, tres autos negros se detuvieron frente a la casa. Lorenzo bajó del primero. Del segundo salieron Emilia, la encargada del archivo textil de mi madre, y una asistente con una funda larga. Del tercero, dos elementos de seguridad. No hubo preguntas innecesarias. Emilia abrió la funda sobre mi cama y apareció el traje marfil de seda que mi madre usaba para las reuniones en las que no necesitaba alzar la voz porque todo el mundo la escuchaba igual. Lorenzo me tendió una caja de terciopelo con los esmeraldas y una carpeta negra.
—La grabación está respaldada —dijo—. También traje esto.
Abrí la carpeta por la mitad. Vi reportes internos de ética, una denuncia firmada por Samuel Quiroga, analista senior del área de planeación, y otra de Leticia Rosas, asistente administrativa. Había fechas, correos, comparativos de versiones de un proyecto y varias facturas cargadas a una cuenta corporativa de desarrollo de clientes. Cerré la carpeta sin terminar de leer.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Las primeras alertas llegaron hace seis semanas. Se siguió el protocolo regular, sin privilegios ni excepciones, como siempre pediste. Pero hoy, después de ver la grabación, pensé que debías tenerlo todo.
Asentí. Ya no sentía el temblor