recordó que yo no tenía contrato, que nadie iba a creerme y que mi embarazo me haría parecer desesperada.
Doña Rebeca se llevó la mano a la boca.
—¿Embarazo?
La palabra quedó flotando sobre la mesa como humo.
Bruno cerró los ojos un instante.
Yo no necesitaba preguntar. Ya conocía esa parte. La había descubierto tres semanas antes, al ver una transferencia mensual que Bruno había marcado como gastos de representación. Luego aparecieron los recibos de una clínica privada, los mensajes borrados a medias, los audios en los que Valeria lloraba y él prometía arreglar todo cuando el dinero estuviera libre.
—Dile la verdad a tu madre —le dije.
Él abrió los ojos.
—No tienes derecho.
—Curioso. Anoche decías que no tenía derecho ni a equivocarme con el pan.
El silencio de los demás fue absoluto.
Valeria puso una fotografía sobre la mesa. En ella se veía a Bruno inclinado sobre un escritorio, sosteniendo la muñeca de Valeria mientras ella copiaba una firma. El documento estaba girado, pero bastaba para reconocer el encabezado del banco.
El director tomó aire por la nariz.
—Esto confirma la alerta interna.
—No confirma nada —espetó Bruno—. Una foto fuera de contexto no prueba una intención.
Mariana deslizó otro papel.
—Tal vez no. Pero esto sí ayuda.
Era la copia de una conversación impresa. No hacía falta leerla en voz alta. Bruno la reconoció antes de tocarla. Su expresión cambió de nuevo, ahora con una mezcla de odio y pánico.
—Revisaste mi celular.
—No —dije—. Revisé las copias de seguridad de la tableta que dejaste conectada en mi estudio después de buscar acceso a mis cuentas. Tú mismo sincronizaste todo.
El notario carraspeó para cubrir un gesto que casi parecía una sonrisa.
Bruno miró hacia la salida. Durante un segundo pensé que correría. Pero los hombres del auto gris estaban visibles a través del ventanal, bajo el cielo nublado de la mañana. No eran policías todavía; eran investigadores privados contratados por Mariana. Pero Bruno no lo sabía, y su miedo hizo el resto.
—Podemos arreglarlo —dijo de pronto.
Su voz había perdido filo.
—¿Podemos? —pregunté.
—Sí. Sin escándalo. Sin destruirnos. Yo cometí errores, Elisa. Estaba presionado. Las deudas… tú no sabes cómo es cargar con un apellido.
Doña Rebeca lo miró como si acabara de descubrir una grieta en una estatua familiar.
—¿Qué deudas?
Bruno apretó los labios.
Yo tomé una carpeta azul y la abrí en la página marcada.
—Prestamistas privados. Inversiones falsas. Pagos atrasados a proveedores. Y una deuda personal con su socio, Octavio Rivas, que vence el viernes.
Al escuchar ese nombre, Bruno se quedó inmóvil.
—¿Hablaste con Octavio?
No respondí enseguida. Levanté mi teléfono de junto al florero. La pantalla estaba encendida. La llamada seguía activa.
—Buenos días, Octavio —dije—. Creo que ya escuchó suficiente.
La voz del socio de Bruno salió clara por el altavoz.
—Más que suficiente.
Bruno se lanzó hacia el teléfono, pero el ejecutivo del banco lo detuvo con una mano en el pecho. No fue un empujón fuerte, solo una barrera. Para alguien como Bruno, acostumbrado a que todos se apartaran, fue una humillación insoportable.
—Octavio, esto no es lo que parece —dijo—. Elisa está manipulando todo.
La voz al otro lado sonó helada.
—Lo que parece es que intentaste usar bienes ajenos para cubrir pérdidas