desprecian. Ya no cuenten conmigo”.
Salió por la puerta lateral. Nadie la detuvo.
Condujo veinte kilómetros antes de que el teléfono vibrara. En la pantalla apareció “Mamá”.
Mariana dejó que sonara una vez. Dos. Tres. Contestó con el altavoz.
—¿Mariana? —gritó Rosa—. ¿Dónde estás? ¿Por qué tu cuarto está vacío? ¿Qué significa esta nota?
Mariana mantuvo los ojos en la carretera.
—Significa que ya no vivo ahí.
—No digas tonterías. Regresa ahora mismo.
—No.
—¿Cómo que no? Tus cosas… tu cuarto… ¿A dónde te fuiste?
—A un lugar donde pago por mí.
La respiración de Rosa se volvió aguda.
—No puedes abandonarnos así.
Mariana soltó una risa pequeña, sin humor.
—Yo no los abandoné. Ustedes invitaron a más adultos a la casa y decidieron que yo debía mantenerlos.
—Son tu hermana y tus sobrinos.
—Entonces Daniela y Arturo pueden aportar. Son familia, ¿no?
Hubo un silencio. Luego, una voz al fondo.
—Rosa, ¿qué está pasando?
Era Hernán.
Rosa intentó cubrir el teléfono, pero Mariana alcanzó a escuchar murmullos, un roce de tela, una discusión contenida. Después su padre habló más cerca.
—Mariana, ¿por qué dice tu nota que pagabas por vivir aquí?
Ella sintió que el volante se le enfriaba bajo las manos.
—Porque eso hacía, papá.
—¿Cuánto?
Rosa volvió a la línea.
—No metas a tu padre en esto.
—Seis mil pesos cada quincena —dijo Mariana, ignorándola—. Más despensa, gas, luz y medicinas cuando mamá me decía que hacía falta.
El silencio de Hernán fue distinto al de Rosa. No tenía rabia. Tenía derrumbe.
—Yo pensé que aportabas de vez en cuando —murmuró él—. Tu mamá me dijo que no quería cargarte la mano.
Mariana tuvo que estacionarse junto a una gasolinera. Apagó el motor. Se quedó mirando los autos pasar, borrosos detrás del parabrisas.
—Tengo los comprobantes —dijo—. Todos.
Rosa estalló.
—¡Qué necesidad de exhibirme! ¿Eso quieres? ¿Hacerme quedar como ladrona delante de tu padre?
La palabra quedó flotando.
Ladrona.
Mariana no la había usado. Rosa sí.
Hernán también lo notó.
—Rosa —dijo despacio—. Enséñame la libreta.
—No empieces tú también.
—Enséñamela.
Mariana escuchó movimiento, cajones, hojas. Daniela preguntó algo al fondo. Arturo dijo que todo era un drama ridículo. Los niños seguían riéndose frente al televisor, ajenos a que la casa acababa de partirse.
Luego Hernán habló con una voz baja.
—Aquí hay depósitos a Daniela.
Mariana cerró los ojos.
—¿Qué depósitos?
—Cuatro mil. Cinco mil. Siete mil. Varios meses. Rosa, ¿de dónde salió esto?
Daniela intervino de inmediato.
—Papá, no es lo que parece.
—No te pregunté a ti.
Mariana nunca había oído a su padre hablarle así a Daniela.
Rosa empezó a llorar. No era el llanto suave que usaba con las vecinas. Era un llanto lleno de rabia.
—Yo solo intentaba ayudar a mi hija.
—¿A cuál? —preguntó Hernán.
Esa pregunta rompió algo que llevaba años sostenido por silencio.
Mariana se cubrió la boca con la mano. Durante mucho tiempo había querido que alguien hiciera exactamente esa pregunta. Ahora que la escuchaba, no le daba triunfo. Le daba tristeza.
Daniela empezó a hablar rápido. Que Arturo estaba por cerrar un negocio. Que los niños necesitaban estabilidad. Que Mariana siempre había sido fría. Que no era justo juzgarla por aceptar ayuda de su madre.
—Ayuda de mamá no —dijo Mariana—. Ayuda mía, sin que me