casi las doce y media.
Iván había llamado diecisiete veces.
Daniela me había escrito una sola vez:
«Señora Marta, piense en los niños antes de actuar desde el resentimiento».
Leí el mensaje de pie, en medio del cuarto.
Luego respondí por primera vez.
«Eso estoy haciendo».
No escribí más.
Dormí poco. A las cuatro y media de la mañana me bañé, me vestí con pantalón claro, blusa azul y zapatos cómodos. Guardé el sombrero blanco en una bolsa para que no se aplastara. Cerré la maleta. Tomé las mochilitas de mis nietos. Antes de salir, me detuve frente a la foto de Ernesto.
«No sé si estoy haciendo bien», le dije.
La casa no contestó, pero el silencio ya no se sintió vacío. Se sintió testigo.
Beatriz llegó en taxi a las cinco con una maleta pequeña y el cabello recogido en una trenza.
«No voy a decir te lo dije», anunció al entrar.
«Ya lo dijiste con la cara».
Me abrazó fuerte.
Yo no lloré hasta entonces. Lloré contra su hombro, no mucho, apenas lo necesario para poder respirar.
«¿Estás segura de ir?» preguntó.
«Sí».
«¿Y si hacen escándalo?»
«Entonces por fin no seré yo la que lo esté evitando».
En el aeropuerto, todo olía a café caro, perfume y sueño. Familias arrastraban maletas, niños dormían sobre mochilas, parejas discutían en voz baja frente a los mostradores. Yo avancé con Beatriz a mi lado, el sombrero blanco colgando de mi brazo.
Vi a Iván antes de que él me viera.
Estaba junto al mostrador de la aerolínea, con la mandíbula apretada, el cabello despeinado y el teléfono pegado a la oreja. Daniela estaba a su lado con lentes oscuros, aunque todavía no salía el sol. Renata sostenía un peluche de tortuga. Mateo arrastraba una mochila de dinosaurios.
Y junto a ellos, con una maleta color vino, estaba Clara Rivas.
No sentí sorpresa. La sorpresa ya la había gastado la noche anterior.
Renata me vio primero.
«¡Abuela!»
Soltó la mano de Daniela y corrió hacia mí. Mateo la siguió. Me abrazaron por la cintura con una fuerza que me partió y me sostuvo al mismo tiempo.
«Pensé que no venías», dijo Renata.
Miré por encima de su cabeza a Iván.
Él bajó el teléfono lentamente.
«Aquí estoy, mi niña».
Daniela llegó con pasos rígidos.
«Señora Marta, necesitamos hablar en privado».
«No», dije.
La palabra salió tranquila. Tan tranquila que incluso yo me sorprendí.
Iván se acercó. «Mamá, ¿qué hiciste con las reservas?»
«Las protegí».
«¿Las protegiste de qué?»
Miré a Clara. Ella apartó los ojos.
«De que intentaran quitarme de un viaje que pagué con dinero mío, usando el lugar para otra persona sin avisarme».
Daniela apretó los labios.
«Mi mamá venía a ayudar con los niños».
«Tu mamá venía en mi lugar».
«No exagere».
Saqué el celular y abrí el correo de la agencia. No se lo puse en la cara. Solo lo sostuve.
«Tengo la notificación de la solicitud. Hora, nombre y cambio pedido».
Iván palideció.
Por primera vez desde que empezó todo, vi vergüenza en su rostro. No arrepentimiento todavía. Vergüenza de haber sido descubierto.
«Mamá», murmuró, «fue una confusión».
Beatriz soltó una risa corta.
«Qué curioso. La confusión traía maleta».
Clara levantó la barbilla. «Yo no voy a permitir que me humillen en público».
«Entonces no