Rebeca Montes. Ella tiene copias de todo. Y por nada del mundo firmes nada relacionado con la bodega norte. Tu padre no sabe lo que enterramos allí para protegerte.
Enterramos.
La palabra me dejó fría.
Había un número de teléfono al final.
También una prueba de embarazo envuelta en una servilleta blanca. Tenía una fecha escrita con pluma negra: cuatro meses antes de la muerte de mi mamá.
No entendía.
La prueba no podía ser mía. Yo no había estado embarazada entonces. Tampoco era de mi madre. ¿De Marina? ¿De quién?
Guardé todo en mi bolso cuando escuché las llaves en la puerta.
Iván había vuelto antes de lo esperado.
—¿Lau? —llamó desde el pasillo.
Cerré la caja fuerte y acomodé el cuadro con la calma de una ladrona en su propia casa.
Él apareció en la puerta del estudio con la camiseta húmeda y el cabello pegado a la frente. Sus ojos bajaron al cuadro, luego a mi bolso, luego a mi rostro.
—¿Qué haces aquí?
—Buscaba el pasaporte.
—¿El pasaporte?
—Pensé que podríamos irnos unos días después de la firma. Tú dijiste que necesitábamos descansar.
El alivio le aflojó los hombros.
—Eso sería perfecto.
Se acercó y me abrazó.
Yo apoyé la mejilla en su pecho. Escuché su corazón latir fuerte, vivo, cercano. Durante un segundo horrible, recordé al hombre que me llevó serenata en mi cumpleaños número treinta, al que lloró conmigo cuando perdimos al bebé, al que me juró en un cuarto de hospital que nunca me dejaría sola.
Luego recordé su voz diciendo: Laura firma cualquier cosa si uso la palabra familia.
Me aparté.
—Voy a ver a mi papá más tarde —dije.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Necesito hablar con él de unas cosas de mi mamá.
Algo se tensó en su cara.
—¿De tu mamá?
—Sí. Papeles viejos.
Iván sonrió, pero ya no con los ojos.
—No te cargues de recuerdos, mi vida. Te hacen daño.
—A veces hacen falta.
No respondió.
Esa tarde, estacioné mi coche en una plaza comercial y tomé un taxi hasta una colonia antigua cerca del centro. La licenciada Rebeca Montes trabajaba en una oficina pequeña sobre una farmacia, con ventanas de vidrio esmerilado y un ventilador que hacía ruido de helicóptero cansado.
Era una mujer de unos sesenta años, cabello gris recogido, uñas cortas, mirada limpia. No pareció sorprendida al verme.
—Tiene los ojos de su madre —dijo.
La frase casi me rompe.
—¿Qué está pasando?
Rebeca cerró la puerta con llave.
—Su madre descubrió que Iván y Marina estaban vinculados antes de que usted conociera a Iván.
Me quedé de pie.
—Eso es imposible. Yo conocí a Iván en una cena de proveedores. Marina estaba en Guadalajara.
—Marina trabajaba entonces para el padre de Iván. Un despacho de cobranza. No legalmente registrado, por supuesto. Su familia política se dedicaba a prestar dinero a empresarios ahorcados y luego cobrar con propiedades.
Sentí que el piso se abría.
—Mi papá nunca pidió dinero a esa gente.
—No. Pero un socio suyo sí. Y puso como garantía documentos falsificados donde aparecía la bodega norte.
Rebeca abrió una carpeta y deslizó copias sobre el escritorio. Reconocí logos, sellos, firmas. Algunas eran de mi padre. O parecían serlo.
—Su madre lo descubrió antes de que el fraude se ejecutara. Guardó pruebas.