una caja de pan dulce. Abrazó a su madre demasiado fuerte. Besó su mejilla. Le dijo que estaba flaca, que debía cuidarse, que no podía estar sola. Leonardo le llevó flores del supermercado, todavía con la etiqueta del precio pegada al plástico.
Emiliano corrió hacia ella.
—Abuela, te hice un dibujo.
Ese sí fue real.
Matilde se agachó para recibirlo. En la hoja aparecían tres figuras: una señora con lentes, un niño y una casa con un árbol enorme. No estaban Clara ni Leonardo. Matilde sintió que el corazón se le doblaba.
—Está precioso, mi amor.
Durante la cena, Clara habló de recuerdos de infancia, de vacaciones en Chapala, de cuando Julián cantaba boleros mientras arreglaba la bicicleta. Leonardo se mostró amable. Demasiado amable. Preguntó dónde guardaba Matilde sus recetas, si seguía usando la misma tarjeta del banco, si las alertas del celular no la confundían.
Matilde respondió con frases simples y dejó pequeñas migajas falsas sobre la mesa.
—Ay, hija, esas cosas del banco me tienen cansada. Yo todo lo anoto en un papelito porque si no se me va.
Clara bajó la mirada al plato.
Leonardo fingió cortar un pedazo de pan.
La trampa ya estaba caminando sola.
Esa noche, antes de dormir, Matilde colocó una tarjeta cancelada dentro de un monedero viejo. Era de una cuenta que había cerrado tres años antes, cuando el banco cambió sucursal. La puso en el cajón de los recibos, encima de un papel donde escribió una clave incompleta. La tarjeta verdadera quedó dentro de una bolsa sellada, escondida en la casa de una vecina de confianza.
Luego encendió una grabadora pequeña que Tomás le había dado.
—No busque provocar —le había dicho él—. Solo protéjase.
Matilde dejó la grabadora bajo la almohada.
Dos noches después, Clara pidió quedarse a dormir con la excusa de que el coche de Leonardo estaba fallando y no querían manejar tarde con Emiliano. El niño se durmió en el cuarto pequeño, abrazado a una cobija azul. Clara y Leonardo se acomodaron en la sala con un colchón inflable.
Matilde apagó la luz a las diez y media.
A las 2:10 escuchó su nombre convertido en botín.
—La clave es seis, dos, ocho… —susurró Clara.
Matilde permaneció inmóvil.
Cada palabra entró en ella como una piedra. No por sorpresa. La sorpresa ya había muerto. Lo que dolía era la precisión: su hija no dudaba, no lloraba, no se detenía. Estaba ejecutando un plan.
—¿Y si despierta? —preguntó Leonardo.
—Le digo que fue un sueño. O que se levantó y me la dio. Ya sabes cómo está.
Matilde pensó en la doctora Salcedo, en el certificado, en Tomás, en la cámara del cajero. Pensó en Julián. Pensó en los dedos torcidos por años de aguja y masa.
Entonces se levantó despacio, con el cuidado de quien no quiere despertar ni a la casa. Fue al ropero, sacó otra tarjeta cancelada que ya había preparado y la colocó dentro de su monedero bueno, el de piel café que Clara conocía. La dejó visible en el buró, apenas cubierta por un pañuelo.
Volvió a acostarse.
Cinco minutos después, la puerta de su cuarto se abrió.
Matilde cerró los ojos.
El olor del perfume de Clara entró antes que ella. Un aroma dulce, caro, con el que pretendía cubrir el miedo.