hizo enviarle fotos de la nota, capturas de las publicaciones de Valeria, el registro de Orilla Norte y los mensajes de mi familia. También me pidió que llamara al administrador del fraccionamiento y solicitara por escrito que nadie autorizara cerrajeros, mudanzas ni visitantes a mi nombre.
A las siete, la lluvia se volvió neblina. El lago seguía invisible. Mis padres salieron del coche con aspecto cansado, pero no derrotado. Mi madre se peinó usando el espejo del retrovisor. Mi padre se cambió la camisa por una seca dentro del auto.
Eso me asustó más que sus gritos.
Se estaban preparando.
A las ocho en punto apareció una camioneta negra. Bajó Valeria con un abrigo blanco, botas impecables y lentes oscuros. Detrás de ella venía Mauricio, sosteniendo un portafolio de piel. Un tercer hombre, calvo y bajo, cargaba una carpeta azul.
Mi hermana levantó la mano hacia mi cámara como si saludara en una fiesta.
—Buenos días, Elena —dijo Mauricio, demasiado tranquilo—. Ya basta de circo.
Mi padre se colocó junto a él. Mi madre quedó unos pasos atrás, abrazándose a sí misma.
—Abre —ordenó mi padre—. Vamos a hablar como familia.
—Podemos hablar así.
Mauricio sonrió.
—No es práctico. Traemos un acuerdo sencillo. Tus papás solo necesitan establecer domicilio temporal mientras se reorganizan.
—Pásenlo por debajo de la puerta.
Valeria soltó un resoplido.
—Qué dramática eres.
—Por debajo de la puerta —repetí.
El hombre calvo miró a Mauricio. Mauricio apretó los labios, pero asintió. La carpeta azul entró por la rendija.
La levanté con guantes de cocina porque no quería tocarla directamente. Amanda seguía al teléfono.
—Léeme el título —pidió.
—Acuerdo familiar de ocupación temporal.
—Última página.
Pasé las hojas. La primera hablaba de apoyo entre familiares. La segunda de convivencia. La tercera mencionaba gastos compartidos. Todo sonaba casi inocente.
Hasta la última.
Ahí el lenguaje cambiaba.
Mandato irrevocable. Garantía solidaria. Facultad para ceder, hipotecar o enajenar el inmueble ubicado en Valle de Bravo.
Sentí que el piso se hundía.
Al final aparecía una copia borrosa de mi credencial y una firma.
Mi firma.
Pero yo no había firmado eso.
La reconocí porque tenía un detalle que ya no hacía: la E inicial con una curva exagerada. Seis años atrás, cuando Valeria chocó de madrugada, yo había firmado autorizaciones médicas en un hospital privado. Mauricio había estado ahí. Había llevado copias. Había insistido en encargarse de los trámites porque yo estaba temblando demasiado.
Amanda maldijo en voz baja.
—Escanéame eso ahora. Esto es falsificación y tentativa de fraude.
Afuera, Mauricio golpeó el vidrio con los nudillos.
—No te conviene hacerlo difícil. Esa casa puede resolverlo todo.
—¿Resolver qué?
Valeria se quitó los lentes. Sus ojos no estaban hinchados. No parecía haber llorado.
—La deuda del proyecto. Si no presentamos garantía hoy, nos demandan a todos.
—Yo no soy parte de tu proyecto.
—Eres parte de esta familia.
Mi risa salió quebrada.
—No. Soy la caja de emergencia.
Mi padre dio un paso al frente.
—No le hables así a tu hermana.
—¿Vendiste tu casa por ella y todavía quieres defenderla?
Por primera vez, mi madre levantó la vista. Había miedo en su cara. No vergüenza, no tristeza. Miedo.
—Tomás —susurró—, ya no.
Mi padre la fulminó con la mirada.
Ese gesto lo explicó todo antes de que ella hablara.
Mauricio