fuerza de despertar a tiempo.
Tomé la invitación y la rompí en cuatro pedazos.
Mateo me miró desde el suelo, sorprendido por el sonido.
—Está bien, amor —le dije, levantándolo en brazos—. A veces romper algo es la única manera de dejar entrar aire.
Caminé hacia la ventana. Afuera, la ciudad seguía moviéndose, indiferente y luminosa. Gente cruzando la calle, vendedores abriendo sombrillas, una pareja discutiendo junto a un semáforo, un niño soltando un globo rojo.
Besé la frente de mi hijo.
Durante mucho tiempo creí que me daba miedo quedarme sola.
Ese día entendí la verdad.
Lo que me daba miedo era quedarme donde no me amaban.
Y ya no estaba allí.