Lo de ayer se salió de control. Mi mamá habló de más.
Miré a doña Elvira. Ella no parecía arrepentida. Parecía irritada por tener que estar allí.
—Tu mamá dijo lo que piensa. Tú también.
Mauricio bajó la voz.
—Te propongo algo. Firmamos una separación discreta. Te doy un departamento por un año y una cantidad mensual mientras te acomodas.
Sentí una risa triste subirme al pecho.
—¿Me acomodo?
—No lo hagas más difícil.
Doña Elvira se acercó.
—Deberías aceptar. No estás en posición de rechazar ayuda.
Antes de que yo respondiera, una funcionaria abrió la puerta del despacho.
—¿Señora Inés Vidal Mendoza?
El pasillo pareció quedarse sin ruido.
Patricia levantó la vista del teléfono.
Mauricio giró la cabeza hacia mí con lentitud.
Doña Elvira se quitó los lentes.
—Debe haber un error —dijo—. Ella es Inés Mendoza.
La funcionaria revisó la hoja.
—Inés Vidal Mendoza. Tenemos programada la ratificación de divorcio y la recepción del acta de representación legal del Grupo Vidal.
El nombre Grupo Vidal produjo un efecto físico en doña Elvira. Su espalda se tensó. Patricia abrió la boca apenas. Mauricio me miró como si de pronto hubiera descubierto una habitación oculta en su propia casa.
—Inés… —susurró—. ¿Qué significa esto?
—Significa que nos están llamando.
Entré al despacho.
El lugar era pequeño, de paredes claras y escritorio de madera gastada. Había un ventilador encendido que movía una esquina de los documentos. La funcionaria nos pidió sentarnos. Laura ocupó la silla a mi lado.
Doña Elvira no se sentó. Permaneció de pie detrás de Mauricio, como una sombra con perfume caro.
La funcionaria acomodó los papeles.
—Señor Mauricio Robles, consta aquí que las partes contrajeron matrimonio bajo régimen de separación absoluta de bienes. ¿Reconoce esta firma?
Mauricio tomó la hoja.
—Sí, es mi firma.
—Entonces queda asentado que no existe reclamación patrimonial mutua, salvo disposición posterior firmada por ambas partes.
Patricia soltó una risa nerviosa.
—Qué conveniente.
Laura abrió su carpeta.
—Conveniente y legal. Las capitulaciones fueron firmadas antes del matrimonio, revisadas por notario y por el abogado de la familia Robles.
Doña Elvira miró a Mauricio.
—¿Tú sabías esto?
—Sabía lo de separación de bienes —dijo él, confundido—. Pero no sabía lo otro.
—¿Qué otro? —preguntó Patricia.
Laura colocó el acta sobre la mesa.
—La señora Inés Vidal Mendoza comparece también como representante legal principal del Grupo Vidal, para dejar constancia de que cualquier negociación entre dicha empresa y Robles Patrimonial queda sujeta a revisión por conflicto de interés familiar.
Doña Elvira dio un paso hacia adelante.
—Eso no puede ser.
Yo la miré con calma.
—Sí puede.
—El Grupo Vidal no tiene nada que ver contigo.
—Tiene bastante que ver.
Mauricio seguía mirando el documento.
—¿Tú eres hija de Esteban Vidal?
Mi nombre completo, dicho por él, sonó extraño. Durante años había compartido cama, mesa, cuentas domésticas, enfermedades, viajes cortos, silencios. Y aun así, había una parte esencial de mí que nunca quiso mirar.
—Sí.
Doña Elvira se apoyó en el respaldo de la silla.
—Pero tú… tú vendías postres.
—También.
—Viviste en nuestra casa.
—Porque tu hijo me pidió que viviéramos cerca de ustedes mientras juntábamos para algo propio. No porque necesitara techo.
Patricia frunció el ceño.
—¿Entonces fingiste ser pobre?
La miré.
—No fingí nada. Ustedes confundieron sencillez con inferioridad.
El silencio que