bajó despacio.
No corrió. No se cubrió la boca. No llamó a nadie.
Se detuvo junto a mí y miró la mancha roja que crecía sobre el mármol.
“Qué torpe eres”, dijo en voz alta.
Luego se inclinó, acercó su perfume frío a mi cara y me susurró al oído:
“O desaparece esa niña, o desapareces tú. Mi hijo no va a seguir arruinándose con una costurera. Ya le elegí una esposa de su nivel”.
Intenté mover la mano para alcanzar el celular que se me había caído junto a una maceta rota.
Ella lo vio antes que yo.
Lo levantó, lo apagó y lo guardó en su bolsa.
“No te molestes en sobrevivir”, añadió.
La miré con todo el odio y el miedo que me quedaban, pero mi cuerpo no obedecía. Cada respiración era una puerta que se cerraba por dentro. Escuché pasos al fondo del pasillo: Martina, la empleada más joven, apareció con una bandeja en las manos. Al verme, la bandeja cayó y las tazas se rompieron en el piso.
“¡Señora Inés!”.
Rebeca se enderezó de inmediato. Su cara cambió. El veneno desapareció y en su lugar apareció una máscara perfecta de horror.
“¡Llama a una ambulancia!”, gritó. “¡Se cayó! ¡Le dije que no subiera, pero no me hizo caso!”.
Martina temblaba tanto que marcó mal dos veces. Yo quería decirle que no creyera nada. Que buscara mi teléfono. Que llamara a Tomás. Pero mi boca solo pudo formar aire.
Rebeca se arrodilló a mi lado cuando escuchó que Martina hablaba con emergencias.
“Tranquila, Inés”, dijo para la audiencia invisible. “Todo va a estar bien”.
Su mano, fría y firme, apretó mi muñeca con tanta fuerza que me dejó marca.
En la ambulancia, el mundo se volvió luz blanca, sirenas y voces rápidas. Una paramédica me preguntaba mi nombre. Otro decía algo sobre presión baja. Yo quería preguntar por mi bebé, pero el dolor me partía cada vez que respiraba.
“Se llama Inés Valdés”, dijo Rebeca desde la puerta de la ambulancia, como si tuviera derecho a entregar mi identidad. “Está embarazada de casi nueve meses. Es muy nerviosa. Hoy discutimos porque quería irse de la casa sin esperar a mi hijo”.
La paramédica no la miró con simpatía.
“Señora, apártese”.
Rebeca se quedó en la entrada, mirando cómo cerraban las puertas.
Antes de que todo se oscureciera, la vi escribir un mensaje desde su propio celular. Movía los dedos con calma, como si estuviera confirmando una comida.
Años después, todavía recordaría esa imagen: mi suegra escribiendo mientras mi sangre quedaba en su piso.
El hospital San Gabriel era un edificio privado, alto, de cristal azul, donde la familia Alcázar tenía un ala con su nombre. Rebeca había donado millones para la remodelación de maternidad, y no perdía oportunidad de recordarlo. Cuando llegué a urgencias, ella entró detrás de la camilla como si fuera dueña de la vida de todos allí.
“Quiero al doctor Salvatierra”, ordenó. “Y una habitación VIP. Mi nuera sufrió una caída doméstica”.
La doctora que me recibió, una mujer de cabello recogido y ojos firmes, la detuvo con un brazo.
“La paciente entra a valoración obstétrica ahora. Usted espera afuera”.
“Soy su familiar”.
“Entonces espere afuera como familiar”.
Me llevaron por un pasillo donde las luces pasaban sobre mi rostro una tras otra.