pecho.
No gritó.
No lloró ahí mismo.
Revisó el recibo.
La fecha era de dos días antes.
En el reverso había un número escrito con tinta azul.
Luego vio el celular viejo que Julián usaba para el trabajo, olvidado en el portavasos.
La pantalla se iluminó justo cuando iba a cerrar la puerta.
“No tardes mañana.
El bebé se mueve mucho cuando oye tu voz”.
El mensaje venía de Camila.
Mariana se quedó mirando esas palabras hasta que perdieron sentido.
Esa noche lo esperó en la sala.
No encendió la televisión.
No preparó cena.
Solo puso la bolsa de farmacia sobre la mesa de centro y esperó con las manos entrelazadas.
Julián entró a las diez y media.
Se detuvo al verla.
“¿Qué haces despierta?”
Mariana señaló la bolsa.
El rostro de Julián cambió de color.
No hizo falta más.
“¿Quién es Camila?” preguntó ella.
Él cerró los ojos un momento.
“Mariana…”
“No digas mi nombre como si fuera una disculpa.
¿Quién es?”
Julián dejó las llaves sobre la mesa.
El sonido metálico pareció demasiado fuerte en la sala.
“Trabaja con nosotros.
Fue algo que se salió de control”.
Mariana soltó una risa breve, sin humor.
“¿También se salió de control su embarazo?”
Él no respondió.
Esa fue la confirmación.
Mariana se puso de pie, pero tuvo que apoyarse en el respaldo del sillón.
No quería darle el gusto de verla caer.
“¿De cuánto está?”
“No sé exactamente”.
“No me mientas más”.
Julián bajó la cabeza.
“Casi lo mismo que tú”.
El golpe no fue en la cara, pero Mariana lo sintió igual.
Dos mujeres embarazadas.
El mismo hombre.
La misma mentira repartiéndose entre dos cuerpos.
Ella esperaba que, cuando la noticia saliera, alguien de la familia de Julián reaccionara con vergüenza.
Imaginó a su suegro, Esteban, poniendo una mano en el hombro de su hijo y diciéndole que había destruido su casa.
Imaginó a Daniela, la hermana de Julián, llamándola para pedirle perdón por lo que estaba pasando.
Incluso imaginó a Teresa, orgullosa y dura, reconociendo que aquello no tenía defensa.
No ocurrió.
Teresa la llamó al día siguiente.
“El sábado comemos en mi casa”, dijo sin saludar.
“Vamos a hablar como adultos”.
“No tengo nada que hablar con usted”.
“Tú estás esperando un hijo de mi hijo.
No te conviene hacerte la digna”.
Mariana apretó el teléfono hasta que le dolieron los dedos.
“La dignidad no se hace.
Se tiene”.
Teresa guardó silencio un segundo.
“A las tres”, dijo, y colgó.
Mariana fue.
No por obediencia.
Fue porque necesitaba ver hasta dónde eran capaces de llegar.
Fue porque no quería que después dijeran que ella había huido sin escuchar.
Fue porque algo dentro de ella, todavía ingenuo, esperaba que Julián hablara.
La casa de Teresa olía a mole, limón y cera para muebles.
La mesa del comedor estaba impecable.
En el centro había flores blancas, demasiado formales para una comida familiar.
Esteban estaba sentado en la cabecera, con las manos sobre las rodillas.
Daniela acomodaba vasos que ya estaban derechos.
Julián no levantó la vista cuando Mariana entró.
Camila ya estaba allí.
Era más joven que Mariana, de cabello largo y vestido amarillo pálido.
Tenía una mano sobre el vientre, no con ternura, sino como si estuviera mostrando una credencial.
Sus ojos recorrieron a Mariana de arriba abajo