vacío. En la sala resonaban mis pasos. El refrigerador hacía un zumbido débil. Afuera, un árbol golpeaba la ventana cuando soplaba el viento.
Yo sonreía sola.
El cuarto día, quizá por ingenuidad o por una necesidad infantil de que mi familia se alegrara por mí, los invité a cenar.
Preparé enchiladas verdes, arroz, ensalada y compré un pastel pequeño de tres leches. Puse servilletas dobladas sobre la mesa nueva, una mesa redonda que había conseguido en una venta de segunda mano. Antes de que llegaran, pasé un trapo por la cocina tres veces. Quería que todo se viera digno.
Mi mamá entró primero.
—Ay, Lucía —dijo, mirando alrededor—. Está bonito.
No dijo estoy orgullosa de ti. No dijo felicidades. Pero sonrió, y yo me aferré a eso como una tonta.
Daniela llegó detrás con el celular en la mano, grabando la entrada.
—Miren la nueva vida de mi hermana independiente —canturreó.
Mi papá fue el último. Cerró la puerta despacio, observó la sala, las ventanas, el piso, y luego tocó una pared como si estuviera evaluando una mercancía.
—¿Cuánto te costó? —preguntó.
El aire cambió.
—Lo suficiente para asustarme cada vez que veo la mensualidad —respondí, intentando bromear.
Él no se rió.
Durante la cena, mi madre habló del tráfico. Daniela comentó algo sobre una amiga que se había ido a Europa. Mi papá comió en silencio, con el ceño ligeramente fruncido. Yo me repetía que quizá estaba cansado. Que quizá le costaba mostrar emoción. Que quizá, al final, diría algo bueno.
No lo hizo.
Cuando serví el pastel, Arturo puso su tenedor sobre el plato sin probarlo. Luego sacó una carpeta azul de su portafolio y la colocó frente a mí.
—Tenemos que hablar.
La frase me heló más que cualquier grito.
—¿De qué?
Daniela bajó los ojos hacia su servilleta. Mi madre se acomodó en la silla.
Mi padre abrió la carpeta. Dentro había folletos impresos de una universidad en Madrid, una tabla de costos y una carta de aceptación.
—A Daniela la aceptaron para una maestría —dijo—. Es una oportunidad importante.
Daniela murmuró:
—No quería decirlo así, pero papá pensó que era mejor hablarlo en familia.
En familia. Esa frase siempre significaba que yo iba a pagar algo.
—Me alegra mucho —dije con cuidado—. Pero no entiendo qué tiene que ver conmigo.
Mi padre levantó la mirada.
—Tiene todo que ver contigo.
Mi madre intervino con su voz de terciopelo.
—Hija, sabemos que acabas de hacer un gasto grande, pero precisamente por eso tu papá pensó en una solución.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué solución?
Arturo empujó la carpeta hacia mí.
—Vas a vender el departamento.
Por un segundo creí haber oído mal.
Daniela seguía mirando la servilleta.
—¿Qué dijiste? —pregunté.
—Lo vendes. Pagas lo que debas al banco y con el resto cubrimos la maestría de tu hermana. Después puedes rentar algo pequeño cerca de la clínica. No necesitas una propiedad a tu edad.
Me reí una vez, sin humor, porque mi cuerpo no sabía qué otra cosa hacer.
—No estás hablando en serio.
Mi papá apoyó los codos en la mesa.
—Nunca hablo por hablar.
La cocina, que minutos antes olía a chile y pastel, de pronto se volvió un cuarto extraño. Miré a mi mamá, esperando que dijera que era demasiado, que