por miedo ni arrebatada por fuerza. Al otro lado del vidrio, la foto de mi abuela quedó iluminada por la luz tenue de emergencia.
Por primera vez en mucho tiempo, una puerta cerrada no se sintió como una amenaza.
Se sintió como protección.
Y mientras caminaba hacia la calle, entendí que mi abuela no me había dejado solo dinero ni documentos ni una trampa contra mi padre.
Me había dejado una salida.
Esta vez, yo la había usado.