entera.
Yo había pasado dos años sobreviviendo a una historia escrita por otros.
Ese día, por fin, la mía me pertenecía.
Y nadie volvió a pronunciar mi nombre como si fuera una prueba clínica.
Lo pronunciaron como lo que siempre había sido: la única heredera de una mujer que me dejó algo más valioso que el dinero.
Me dejó evidencia. Y me dejó voz.