Mi Nuera Me Mandó Callar, Pero Yo Ya Tenía La Verdad

callara.

Antes de dormir, apagué las luces una por una.

La del pasillo. La de la cocina. La del recibidor.

Me detuve frente al estudio y vi mi máquina de coser de regreso junto a la ventana. Le quité la funda, pasé la mano por el metal frío y sonreí.

Mi casa ya no parecía ocupada.

Parecía cansada, sí. Herida, también.

Pero viva.

Al día siguiente, llevé la cuenta del hotel a mi contadora. La guardamos junto con los demás documentos, no porque necesitara recuperar esos diecisiete mil ochocientos pesos, sino porque a veces una cuenta no demuestra lo que se comió en una mesa.

A veces demuestra quién creyó tener derecho a devorarte.

Y quién, por fin, decidió levantarse.

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