escucharme—, dime qué pasó.
Le conté sin llorar. Le hablé del video, de la tarjeta, de los gastos, de la fotografía que Marta me había enviado.
—¿Ellos pagan renta? —preguntó.
—No.
—¿Hay contrato?
—No.
—¿La casa está solo a tu nombre?
—Sí.
Ernesto respiró despacio.
—Entonces vamos a poner orden. Pero necesito que no entres sola.
A las dos de la tarde regresé a mi casa con él y con Marta. Yo llevaba la carpeta verde contra el pecho. El sol caía fuerte sobre la fachada, y por primera vez en mucho tiempo miré mi portón como si fuera algo que debía recuperar.
Toqué el timbre.
Julián abrió.
Tenía el cabello revuelto, la barba sin arreglar y una expresión que mezclaba sueño con enojo.
—Mamá —dijo, bajando la voz—. ¿Dónde estabas? Camila está muy molesta.
Lo miré.
Ese fue otro golpe pequeño. No dijo preocupada. Dijo molesta.
—Necesito entrar.
—Claro que puedes entrar, es tu casa —dijo, pero sonó como quien concede un permiso.
Ernesto dio un paso a mi lado.
—Vamos a hablar en la sala.
Julián frunció el ceño.
—¿Y él quién es?
—Mi abogado.
La palabra cambió el aire.
Camila apareció desde el pasillo con una bata de seda y el celular en la mano. Sus ojos pasaron de mí al abogado, luego a Marta, y su rostro adoptó una expresión de aburrimiento ofendido.
—Ay, perfecto —dijo—. Ahora resulta que necesitamos abogado por un video.
Levantó el celular.
—Mis seguidores van a amar esto.
Ernesto no alzó la voz.
—Señora, le recomiendo apagar ese teléfono.
Camila soltó una risa seca.
—¿Perdón? ¿Usted quién se cree?
—El representante legal de la propietaria.
Camila parpadeó.
—Propietaria somos todos aquí. Vivimos aquí.
Entonces hablé.
—No, Camila. Tú vives aquí porque yo te dejé entrar.
Julián hizo una mueca, como si mi tono le pareciera exagerado.
—Mamá, no hagas esto más grande. Ella solo bromeó. Tú también tienes que entender que Camila trabaja con contenido. Así habla la gente en internet.
—¿Así habla un hijo de su madre? —pregunté.
Él bajó los ojos un segundo. Solo un segundo.
Camila aprovechó.
—Mira, Clara, si te sentiste mal, lo podemos borrar. Pero tampoco nos puedes chantajear con la casa cada vez que algo no te guste.
La palabra chantajear me atravesó.
Yo pensé en las madrugadas cosiendo uniformes. En el funeral de mi esposo. En Julián adolescente dormido en una silla de hospital mientras yo hacía cuentas para pagar medicamentos. Pensé en cada vez que dije no necesito nada para que él pudiera decir yo sí.
Abrí la carpeta y saqué una hoja.
—Esto no es chantaje. Es una notificación para que desocupen mi propiedad.
Julián levantó la cabeza como si lo hubiera abofeteado.
—¿Nos estás corriendo?
—Estoy recuperando mi casa.
Camila se puso pálida, pero no perdió la soberbia.
—No puedes hacer eso de un día para otro.
—Por eso está el procedimiento —dijo Ernesto—. Tienen un plazo formal. También se documentará el uso no autorizado de una tarjeta bancaria y los gastos cargados a la cuenta de la señora Clara.
El celular de Camila bajó lentamente.
—Ella me dio esa tarjeta.
—Para gastos de la casa —respondí—. No para cursos, anuncios, ropa y restaurantes.
Julián me miró confundido.
—¿De qué hablas?
Lo miré con cansancio.
—¿No sabías?
Camila giró hacia él