estaba rodeado de autos negros y personas vestidas para fingir felicidad. En la entrada había arreglos de orquídeas blancas, demasiadas, como si Renata quisiera cubrir con flores el olor de la vergüenza.
Cuando Mariana entró al salón principal, las conversaciones se apagaron una por una.
Nadie esperaba verla.
O tal vez todos la esperaban destruida.
Matilde, la amiga de Renata, abrió la boca y no dijo nada. Un primo de Alonso se inclinó hacia su esposa para susurrar algo. El fotógrafo bajó la cámara, confundido.
Mariana caminó hasta la primera fila y se sentó.
Al frente, bajo un arco de flores, Alonso la vio.
El color abandonó su rostro.
Llevaba traje azul medianoche y una flor blanca en la solapa. Parecía más joven que de costumbre. O quizá más pequeño.
Renata apareció minutos después, tomada del brazo de un viejo amigo de la familia. Llevaba un vestido marfil, sencillo en apariencia, carísimo en los detalles. Caminaba despacio, con la barbilla alta, recibiendo miradas como si fueran tributo.
Entonces vio a Mariana.
Su sonrisa se detuvo medio segundo.
Solo medio segundo.
Pero Mariana lo vio.
Renata continuó caminando. Al llegar al altar improvisado, tomó las manos de Alonso. El juez civil acomodó sus papeles y empezó a hablar sobre voluntad, compromiso y unión. Palabras limpias. Palabras que en esa sala sonaban huecas.
Mariana escuchó sin moverse.
Cuando el juez preguntó a Alonso si aceptaba unirse en matrimonio con Renata Soler, Alonso dudó apenas.
—Sí, acepto —dijo.
Renata sonrió.
El juez giró hacia ella.
—Renata Soler, ¿acepta usted…?
—Sí, acepto —interrumpió ella, antes de que terminara.
Algunos invitados rieron con suavidad.
Entonces el teléfono de Mariana vibró.
Lucía.
Ya está hecho.
Mariana se puso de pie.
El salón entero giró hacia ella.
Renata mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se endurecieron.
—Mariana —dijo—, este no es el momento.
—Tienes razón —respondió Mariana—. No es momento de hacer un escándalo. Es momento de corregir una mentira.
El juez bajó la pluma.
Alonso dio un paso hacia ella.
—Por favor, no hagas esto.
—¿Esto qué? —preguntó Mariana—. ¿Hablar? ¿O impedir que sigas firmando documentos mientras hay una demanda en curso por fraude?
El silencio fue inmediato.
Renata parpadeó.
—Qué ridículo.
Mariana miró al juez.
—Señor, antes de continuar, debería saber que hace unos minutos se notificó formalmente la revocación de poderes, la suspensión de cuentas vinculadas y una acción legal por administración fraudulenta contra Alonso Duarte y Renata Soler.
Una copa cayó al suelo.
Alonso abrió la boca.
—¿Qué hiciste?
—Lo que hago siempre —dijo Mariana—. Leer lo que tú firmas sin entender.
Algunos invitados se levantaron. Otros se quedaron inmóviles, fascinados por el desastre. Renata soltó una risa baja.
—Está dolida. Todos lo comprenden. Mi hija siempre fue sensible.
—No me llames sensible cuando quieres decir obediente.
La frase cruzó el salón como un corte.
Renata dejó de sonreír.
Mariana sacó el sobre gris de su bolso.
Alonso lo miró como si pudiera contener una bomba.
—También hay algo que deberías saber antes de casarte con ella —dijo Mariana.
—No tienes derecho —murmuró Renata.
Por primera vez, su voz tembló.
Mariana sintió que la niña dentro de ella levantaba la cabeza.
—Tengo todos los derechos que tú me enseñaste a no usar.
Dejó el sobre sobre la mesa del juez.
—Ábrelo, Alonso.
Él