en punto. Y por favor, ponte algo que no pareciera luto. Nada gris. Nada negro.”
Lucía miró su blusa oscura.
“Es una cena, mamá.”
“No. Es una alegría.”
La palabra cayó entre las dos como una orden.
Camila, la hermana menor de Lucía, estaba embarazada. Doce semanas, según había anunciado un mes atrás con una fotografía de zapatitos blancos sobre una mesa de mármol. Desde entonces, la familia giraba alrededor de su vientre como si ahí se estuviera corrigiendo una falla antigua.
Teresa hablaba de Camila con una ternura que a Lucía le sonaba casi extranjera.
“Camila está cansada.”
“Camila no puede pasar disgustos.”
“Camila necesita sentirse acompañada.”
Lucía había querido alegrarse. De verdad lo había intentado. No odiaba a un bebé que no tenía culpa de nada. No odiaba la vida de su hermana. Lo que no soportaba era que su dolor hubiera sido convertido en una incomodidad social, en algo que debía esconder para no arruinar las fotos.
“Entiendo,” dijo.
Del otro lado se oyó un tintineo de copas. Teresa seguramente llevaba horas acomodando platos, flores, servilletas de lino y versiones corregidas de la realidad.
“Y Lucía,” añadió.
“¿Qué?”
“No hagas una escena.”
Lucía cerró los ojos.
“Camila tiene derecho a disfrutar. No sería justo que todos camináramos de puntitas por lo que te pasó.”
Lo que te pasó.
No lo que perdiste.
No la pantalla fría del ultrasonido. No el silencio del médico. No la mano de Andrés aferrándose a la suya cuando entendieron que la habitación se había quedado sin futuro.
Solo lo que te pasó.
Como si se le hubiera perdido una pulsera.
“Sí, mamá,” respondió Lucía.
Al colgar, se quedó inmóvil. La lluvia golpeaba el vidrio. En el taller olía a papel, café viejo y la vela de lavanda que Nora encendía cada mañana porque decía que ayudaba a pensar. Lucía miró el plano cerrado y sintió una vergüenza absurda por no poder dibujar un cuarto para un bebé ajeno sin derrumbarse por dentro.
Esa noche, Andrés la encontró frente al clóset.
Lucía llevaba veinte minutos mirando vestidos sin elegir ninguno. El negro quedaba prohibido. El gris también. El azul le recordaba a unas cortinas que nunca colgó. El amarillo era demasiado cruel.
“No tenemos que ir,” dijo Andrés desde la puerta.
Ya estaba vestido con camisa blanca y chamarra azul marino. Tenía el cabello húmedo y ojeras profundas. En los últimos meses, mucha gente le había preguntado a Lucía cómo estaba. Casi nadie le había preguntado a Andrés. Como si él hubiera asistido a la pérdida desde la puerta, no desde el centro.
“Sí tenemos.”
“No, Lu.” Se acercó con cuidado. “Tu madre no manda sobre tu dolor.”
Lucía sacó un vestido color vino.
“Si no voy, mañana me va a llamar para decirme que hice llorar a Camila.”
“Y si vas, quizá lo haga en persona.”
Lucía lo miró por el espejo. Andrés no sonrió. No estaba bromeando.
“Quiero terminar con esto,” dijo ella. “Una cena. Dos horas. Felicitamos a Camila, nos vamos y ya.”
Andrés le acomodó un mechón detrás de la oreja.
“En cuanto quieras irte, nos vamos. Aunque estén sirviendo el postre. Aunque tu madre esté hablando. Aunque tu papá se ofenda.”
Lucía asintió.
Quiso creerle al futuro pequeño que acababan de inventar: entrar, resistir, salir.
El departamento de