juez.
—Sí —respondí.
—Firmada cuatro años antes del fallecimiento de Andrés Álvarez.
—Sí.
—La designa a usted como directora ejecutiva y representante legal suplente con activación automática ante incapacidad, muerte o ausencia del señor Álvarez.
Tomás se puso pálido.
Patricia apretó tanto el pañuelo que sus nudillos parecían de yeso.
—Eso nunca se registró —dijo.
El juez levantó la segunda hoja.
—Aquí consta inscripción en Cámara de Comercio.
Fecha, sello y número de registro.
Aguirre cerró los ojos un instante.
Ese fue el primer derrumbe.
Patricia había acudido al juzgado para pedir control sobre una mujer que, legalmente, ya tenía autoridad sobre la empresa que ella quería administrar.
La imagen de hijastra desorientada se deshacía frente a todos, no con gritos, sino con una hoja timbrada.
Pero mi padre no había dejado solo una hoja.
El juez tomó la carta.
—¿Desea incorporar este documento al expediente, señorita Álvarez?
La pregunta me atravesó.
La letra de mi padre estaba ahí.
Inclinada, firme al principio, más temblorosa al final.
Durante semanas había dormido con esa carta dentro de mi mesa de noche, sin atreverme a leerla dos veces seguidas porque cada palabra olía a despedida.
Asentí.
—Sí.
—¿Autoriza lectura parcial?
—Sí.
El juez leyó en silencio primero.
Su rostro se endureció.
Patricia susurró:
—Andrés no sabía lo que hacía en sus últimos días.
Yo la miré.
—Eso no fue en sus últimos días.
Lo firmó antes de que tú convencieras a Tomás de vender la línea de repuestos como chatarra.
Tomás se levantó otra vez.
—¡Mentirosa!
—Siéntese —ordenó el juez.
El juez leyó en voz alta solo un fragmento:
—Si Patricia Robles o Tomás Robles intentan limitar la capacidad legal de mi hija Lucía Mariana Álvarez Salcedo, solicito que se revise de inmediato la contabilidad de los últimos dieciocho meses, en especial los pagos a Constructora Lirio Azul, los accesos realizados con mi clave durante mi hospitalización y cualquier documento firmado en mi nombre después del día tres de marzo.
La fecha cayó como una sentencia.
Mi padre había sido hospitalizado el dos de marzo.
El tres ya no podía firmar sin ayuda.
Y aun así, una semana después, habían aparecido autorizaciones, traspasos, compras urgentes, órdenes de venta.
El juez miró a Patricia.
—Señora Robles, ¿usted tenía acceso a las claves del señor Álvarez?
—Como esposa, tenía acceso a muchas cosas —contestó ella, recuperando un poco de aire.
—No le pregunté por su matrimonio.
Le pregunté por claves empresariales.
Aguirre intervino:
—Mi clienta responderá por escrito si se abre el proceso correspondiente.
El juez asintió con frialdad.
—Se abrirá.
A Patricia se le borró el color de los labios.
Pero aún no había perdido del todo.
Yo la conocía.
Ella siempre guardaba una herida para lanzarla cuando las pruebas no alcanzaban.
—Lucía no sabe lo que hace —dijo de pronto, ya sin dulzura—.
Su padre la llenó de ideas.
La convirtió en una niña desconfiada.
La puso contra mí desde el principio.
—Usted vino a pedir que le quiten derechos —dije—.
No vine yo a pedir nada contra usted.
—¡Porque no tienes idea de lo que estás tocando!
El juez la interrumpió.
—Señora Robles, modere su tono.
Patricia respiró con dificultad.
El pañuelo quedó abandonado sobre la mesa.
Sin él, parecía otra persona: más vieja, más dura, más desesperada.
Yo señalé la