el té.
“No sé qué tengo que hacer”.
“Yo tampoco”.
Esa respuesta, tan honesta, abrió algo en Clara. No alivio. No ternura. Apenas un hueco donde antes solo había rabia.
Lorena sacó una carpeta manila de la bolsa.
“Encontré esto hace tres semanas. Primero pensé que era algo de impuestos. Luego vi su nombre”.
Clara dejó la taza sobre la mesa.
La carpeta contenía copias de escrituras, un avalúo de la casa, mensajes impresos con un asesor inmobiliario y una hoja titulada autorización de venta. Al final, donde debía ir la firma de Clara, había una imitación torpe pero suficiente de su nombre.
Clara sintió frío.
No era solo que Tomás la hubiera golpeado. No era solo que la hubiera humillado. Era que, mientras ella le preparaba comida, le lavaba camisas y caminaba de puntillas para no hacerlo enojar, él había estado planeando quitarle lo único que era suyo.
“No”, dijo Clara.
Lorena levantó la mirada.
“Doña Clara…”
“No”, repitió ella, esta vez más firme. “Esta casa no”.
Se puso de pie con lentitud. Caminó hasta la cocina. Lorena la siguió sin atreverse a tocarla.
Los pedazos de la taza seguían en el suelo. El café seco había dejado un círculo oscuro sobre el mantel. Clara se agachó, tomó un fragmento de cerámica y lo sostuvo en la palma.
Era de una taza amarilla que Tomás le había regalado a los trece años con sus ahorros. Tenía una pequeña abeja pintada a mano. La había usado durante años porque le recordaba una época en que su hijo aún sabía pedir perdón.
Cerró los dedos alrededor del pedazo.
“Voy a guardar esto”, dijo.
Lorena asintió.
En ese momento sonó el teléfono fijo.
Clara se sobresaltó. Casi nadie llamaba ya a ese número. Lo mantuvo por costumbre, porque su hermana de Guadalajara todavía lo tenía apuntado en una libreta.
Contestó.
“¿Señora Clara Méndez?”, preguntó una voz masculina.
“Sí”.
“Le habla el licenciado Ramiro Paredes, de la Notaría Veintidós. Queríamos confirmar su cita de mañana para la ratificación del poder de venta sobre el inmueble ubicado en la calle Jacarandas”.
Clara sintió que el piso se inclinaba.
Lorena se acercó al verla palidecer.
“¿Señora?”, insistió el hombre.
Clara apretó el fragmento de taza en su mano.
“Yo no pedí ninguna cita”.
Hubo un silencio breve al otro lado.
“Entiendo. ¿Desea que cancelemos?”
Clara miró a Lorena. La joven negó con la cabeza y tomó una libreta del aparador. Escribió rápido: pregunte quién la agendó.
“¿Quién solicitó la cita?”, preguntó Clara.
“Permítame revisar… Aquí figura como gestor el señor Tomás Méndez. Traería identificación y documentación complementaria”.
Clara cerró los ojos.
El golpe ya no era una escena aislada. Era parte de algo más grande. Una estrategia. Si la intimidaba lo suficiente, si la hacía sentirse pequeña, confundida y culpable, tal vez lograría que firmara cualquier cosa.
“No cancele”, dijo Clara.
Lorena abrió los ojos de golpe.
“Señora, ¿confirma entonces?”, preguntó el notario.
“Confirme”, respondió Clara. “Pero anote algo. Yo asistiré personalmente. Y quiero hablar con usted antes de que llegue mi hijo”.
Colgó.
Lorena la miró como si acabara de hacer algo peligroso.
“¿Está segura?”
Clara dejó el pedazo de taza sobre la mesa.
“No. Pero estoy cansada de esconderme”.
A las once y veinte, el celular de Clara sonó. Número desconocido.
Contestó.
“Mamá”,