mi hombro. “Déjame tomar más control. Firma esto. Hazlo por Camila.”
Yo firmé.
Firmé porque no dormía. Porque mi hija lloraba hasta vomitar. Porque la casa olía a flores marchitas. Porque el mundo había perdido forma y Esteban parecía el único adulto en la habitación.
“¿Qué quería?”, pregunté.
Mariana tragó saliva. Le dolía hablar, pero siguió.
“Tu firma. La empresa. Los terrenos donde está la planta nueva. Y algo más.”
“¿Qué más?”
“Los documentos del fideicomiso de Camila.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
El fideicomiso lo había creado mi padre antes de morir. Acciones, propiedades y derechos de marca que solo podían transferirse bajo condiciones muy específicas. Mariana era cotitular. Si ella moría, todo quedaba bajo mi administración hasta que Camila cumpliera veinticinco años. Si yo también quedaba incapacitado o cedía control por voluntad propia, un comité podía intervenir. Esteban conocía cada detalle. Él mismo había ayudado a negociar parte de esa estructura.
“Cuéntame desde el principio”, dije.
Mariana respiró con dificultad.
La noche del supuesto accidente, me dijo, Esteban la llamó mientras yo estaba en Monterrey cerrando un contrato. Le aseguró que Inés estaba retenida por prestamistas en un motel de la salida a Toluca. Mariana no quiso preocuparme. Fue sola, como había hecho otras veces cuando Inés se metía en problemas.
Cuando llegó, encontró a Inés drogada en una habitación. Esteban estaba allí con un hombre que Mariana no conocía. Al principio fingió preocupación. Dijo que Inés había robado dinero a gente peligrosa, que necesitaban esconderla. Luego cerró la puerta con seguro.
“Me dijo que tú habías puesto la empresa en riesgo”, susurró Mariana. “Que había deudas, demandas, amenazas. Que si yo firmaba unos papeles, todo se arreglaría. Yo no le creí. Quise irme.”
Se tocó la garganta, como si aún sintiera una mano allí.
“Entonces me taparon la boca.”
Despertó en una casa fuera de la ciudad, sin celular, sin documentos, con la muñeca fracturada y una mujer vigilándola. Durante días le dijeron que el accidente ya había ocurrido. Le enseñaron fotos del funeral. Fotos de mí junto al ataúd. Fotos de Camila en el cementerio, con su vestido negro y un moño blanco.
“Me dijeron que Inés había muerto en mi lugar”, dijo. “Que si yo volvía, Camila moriría.”
Mi hija se removió en la silla, todavía dormida. Mariana la miró con un dolor tan profundo que no tuve duda alguna. Nadie finge así mirando a un hijo perdido.
“Intenté escapar dos veces”, continuó. “La primera me encontraron antes de llegar a la carretera. La segunda logré subirme a un camión, pero un policía me bajó. Le dije mi nombre. Me reconoció. Me dijo: ‘No complique las cosas, señora Arriaga’.”
Apreté los puños.
“¿La policía estaba involucrada?”
“Algunos. O les pagaban. No sé. Después de eso me cambiaron de casa. Me sedaban. Me decían que tú ya habías rehecho tu vida, que Camila me había olvidado.”
“Nunca”, dije.
La palabra salió rota.
“Nunca te olvidó.”
Mariana cerró los ojos.
Durante meses, explicó, la mantuvieron encerrada. Luego algo cambió. Esteban dejó de visitarla. Las personas que la vigilaban empezaron a pelear por dinero. Una noche, después de una discusión, la abandonaron en una colonia que ella no reconocía. Sin documentos, sin fuerza, sin pruebas. Intentó llegar a nuestra casa, pero la primera vez que preguntó