—Bien. Entonces escuchen parados. Tienen dos opciones. Se van ahora mismo, me devuelven cada recipiente, cada llave y cada documento que tengan mío, y mañana se presentan en el despacho de mi abogada para firmar una declaración donde reconocen que no tienen autorización sobre ninguna de mis cuentas ni sobre mi casa. Después de eso, yo decidiré si presento la denuncia. O me obligan a seguir hasta el final.
Damián soltó una risa seca.
—Nos estás extorsionando.
—No. Estoy poniendo un límite que debí poner hace años.
Verónica levantó la cabeza lentamente.
Tenía los ojos hinchados y el maquillaje corrido. Por primera vez en mucho tiempo no parecía elegante ni segura. Parecía agotada.
—¿Y si firmamos? —preguntó—. ¿Vas a perdonarme?
La pregunta me atravesó.
No supe contestar enseguida.
Porque el perdón no se concede como quien entrega una llave. El perdón llega o no llega. Y aunque una madre puede seguir amando a su hija, hay puertas internas que no vuelven a abrir de la misma manera.
—No sé —respondí al final, y fue la verdad más limpia que dije en años—. Pero sí sé que nunca más van a decidir por mí.
Damián agarró a Verónica del brazo.
—Vámonos.
Ella no se movió.
Miró los papeles, luego a mí.
—No fui yo quien falsificó la firma —dijo de pronto.
Damián giró hacia ella, incrédulo.
—¿Qué estás haciendo?
—No fui yo —repitió, ahora más firme—. Yo llevé los papeles. Yo presioné. Yo hice cosas horribles. Pero la firma no la hice yo.
El cuarto entero cambió de temperatura.
—Verónica —advirtió Damián.
Ella lo miró con una mezcla de odio y cansancio.
—La hiciste tú en el auto. Afuera del banco. Dijiste que si seguíamos dudando íbamos a perder la oportunidad.
Por un instante nadie respiró.
Damián soltó su brazo.
—Cállate.
—Estoy cansada de taparte —dijo ella, y en esa frase había años enteros de podredumbre saliendo a la superficie—. Cansada de tus préstamos escondidos, de tus apuestas disfrazadas de inversiones, de cobrarme a mí cada error tuyo. ¿Sabes por qué quería el dinero de mi madre? Porque tú ya habías vaciado todo lo demás.
El golpe de la verdad fue tan brusco que hasta yo retrocedí medio paso.
De pronto muchas cosas encajaron: las llamadas a escondidas, los cambios de humor de Verónica, la manera en que Damián controlaba las conversaciones y respondía por ella, la tensión bajo la supuesta perfección.
No los absolvía.
Pero mostraba algo más oscuro.
Damián la miró como si quisiera atravesarla.
—No metas esto conmigo.
—Ya te metiste tú cuando tocaste el nombre de mi madre.
Se produjo un silencio feroz. Luego Damián se abalanzó sobre la mesa para agarrar la carpeta. Yo reaccioné antes de pensar. Tomé el jarrón pequeño que había dejado junto a la puerta y lo estrellé contra el suelo entre nosotros. El sonido fue seco, violento, y los pedazos de cerámica lo obligaron a detenerse.
—Ni un paso más —dije.
No reconocí mi propia voz.
Pero él sí la reconoció. Porque se quedó quieto.
En ese mismo instante sonó el timbre.
Los tres giramos hacia la puerta.
Yo sabía quién era.
Teresa había insistido en no dejarme sola del todo. No entraría a menos que yo la llamara, pero estaría cerca a la hora del almuerzo. También estaba Tomás, el