—¿De dónde sacaron esto? —pregunté.
Andrés no contestó.
Doña Beatriz se llevó una mano al collar.
Mariana intentó recuperar el documento.
—Eso no prueba nada. Puede haber copias certificadas.
—No es copia —dijo Lucía—. Es el original.
La voz de mi hija seguía baja, pero algo había cambiado. Ya no hablaba desde el miedo. Hablaba desde el cansancio de haber tenido miedo demasiado tiempo.
—También encontré esto.
Me entregó la fotografía.
Al verla, tuve que apoyarme en el respaldo de un sillón.
Era Clara.
No la Clara enferma de sus últimos meses. Era Clara joven, con el cabello largo y una blusa blanca que yo recordaba. Estaba sentada frente a un escritorio, firmando un documento junto a don Ernesto Salvatierra.
En el reverso había una fecha escrita a mano: 1998.
Yo no conocía a don Ernesto en 1998.
O eso creía.
Levanté la vista. Él había perdido color, aunque intentaba mantener la compostura.
—¿De dónde sacaste esa foto? —preguntó.
La pregunta no fue una negación. Fue una confesión disfrazada.
Lucía tragó saliva.
—Del cajón que Andrés me pidió ordenar. Buscaba unos sellos. La foto estaba dentro de un sobre con el nombre de mi mamá.
Andrés cerró los ojos, furioso.
—Te dije que no tocaras ese cajón.
—También me dijiste que me amabas —respondió ella—. Y mira dónde estamos.
El silencio cayó sobre la sala como una manta pesada.
—Explíquese —le dije a don Ernesto.
Él se acomodó el saco.
—Su esposa hizo negocios conmigo hace muchos años. Eso es todo.
—Clara jamás me habló de usted.
—Quizá porque no todo en un matrimonio se cuenta.
Sentí el golpe, pero no le di el gusto de verme tambalear.
—Cuidado.
Lucía buscó dentro de la caja y sacó la memoria USB.
—Hay grabaciones.
Mariana dio un paso brusco hacia ella.
—Eso es propiedad privada.
Yo extendí el brazo y la detuve sin tocarla.
—Atrévase.
Andrés se volvió hacia su hermana.
—Mariana, basta.
—¿Basta? —ella lo fulminó con la mirada—. Por tu culpa estamos así. Te dije que no la trajeras si no podías controlarla.
Lucía se estremeció al escuchar esa palabra.
Controlarla.
Ahí entendí mucho. No todo, pero sí lo suficiente.
—Vamos a salir de aquí —dije—. Y si alguien intenta impedirlo, llamo a la policía desde esta sala.
Saqué el celular.
Don Ernesto levantó una mano.
—No haga una escena. Podemos arreglar esto como adultos.
—Los adultos no le esconden documentos a una mujer embarazada ni la acorralan de madrugada.
—Usted no sabe lo que su esposa hizo —dijo él.
La frase me atravesó como una aguja.
Lucía me miró.
—Papá… la memoria tiene audios. Los escuché en la computadora del estudio. Mi mamá no les debía nada. Al revés.
Don Ernesto golpeó la mesa con la palma.
—¡Basta!
Por primera vez, su voz llenó la casa. Doña Beatriz se sobresaltó. Andrés miró al suelo. Mariana se quedó quieta.
Lucía retrocedió un paso, pero no soltó la caja.
Yo marqué emergencias.
—No —dijo Andrés de pronto.
Todos lo miramos.
Él parecía un hombre al borde de quebrarse. Se pasó las manos por la cara y respiró con dificultad.
—No llamen.
Mariana lo enfrentó.
—Cállate.
Andrés negó con la cabeza.
—Ya no.
Don Ernesto lo miró con desprecio.
—No seas débil.
Andrés levantó la cara.
—Débil fui cuando acepté casarme con