Mi esposo repartió mi casa y olvidó revisar a nombre de quién estaba

el guayacán cerca de la entrada, donde recibía la luz de la mañana.

Sofía cubrió las raíces con tierra mientras Renata sostenía la maceta vacía.

Cuando se marcharon, caminé hasta la biblioteca.

La ciudad empezaba a encenderse detrás de los ventanales y el reflejo del patio aparecía sobre el vidrio.

Durante mucho tiempo creí que comprar aquella casa demostraría que había sobrevivido.

Me equivocaba.

Sobrevivir no fue firmar la escritura ni pagar el último impuesto.

Fue permanecer allí después de descubrir que alguien a quien amaba había intentado usar mi compasión como una cerradura.

Abrí las puertas del patio y dejé entrar el aire frío de la montaña.

La casa no me había enseñado a mantener a todo el mundo afuera.

Me había enseñado que abrir la puerta seguía siendo decisión mía.

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