Se incomodan cuando haces ruido.
Regresé sola a casa.
El chofer del valet me entregó las llaves con una sonrisa amable. Manejar por la avenida Lázaro Cárdenas con las luces de la ciudad reflejándose en el parabrisas me hizo sentir como si estuviera dentro de una vida prestada. Una vida elegante por fuera, podrida por dentro.
Al llegar, la casa estaba oscura.
Era una casa grande, blanca, con ventanales altos y un jardín interior que mi mamá había amado. Ella me la dejó cuando murió, tres años antes, con una frase que aún escuchaba algunas noches: “Que nadie te saque de lo que levantamos juntas”.
Julián nunca quiso esa frase.
Decía que la casa era demasiado grande para dos personas. Que venderla sería inteligente. Que podríamos invertir en algo más moderno, más rentable, más acorde con nuestra “etapa”. Yo siempre decía que no. No por capricho. Por memoria.
Esa noche subí a la recámara sin encender todas las luces. Me quité los aretes frente al espejo y vi mi cara: treinta y siete años, ojeras suaves, la boca apretada, el vestido azul que yo había elegido con ilusión convertido en prueba de mi ingenuidad.
El sobre de la clínica quedó en mi bolso, arrugado.
Dormí poco.
A la mañana siguiente, el sol entró por las cortinas de lino como una acusación. Julián estaba de pie frente al espejo, ajustándose la corbata. Parecía impecable. Siempre parecía impecable cuando iba a hacer algo miserable.
Yo seguía sentada en la orilla de la cama, con una taza de café frío entre las manos, cuando él abrió su clóset y sacó una funda de plástico transparente.
—Ah, casi se me olvida.
Lanzó algo sobre mis piernas.
Era un vestido verde esmeralda, de seda, pequeño, caro. Tenía una mancha leve cerca del cuello y olía a azahar con vainilla.
No era mío.
Pero reconocí el perfume al instante.
Renata.
Mi mejor amiga desde la preparatoria.
Renata había estado conmigo cuando murió mi mamá. Se había sentado en el piso de la cocina a llorar conmigo mientras la casa olía a café recalentado y flores funerarias. Yo le había prestado dinero cuando su negocio de decoración fracasó. Le había abierto la puerta cada vez que llegaba con el corazón roto, una maleta y la promesa de que “esta vez sí” iba a elegir mejor.
También la había defendido cuando Julián decía que era una mujer problemática.
Qué ironía tan fina.
Julián me observó por el espejo. No directamente. A través del reflejo, como si yo no mereciera ni la frontalidad de su desprecio.
—Mándalo a la tintorería —dijo.
Yo no respondí.
—Renata viene esta noche. Quiero que esté presentable para la cena del sábado.
La taza tembló apenas en mis manos.
—¿Por qué tienes su vestido?
La esquina de su boca se levantó.
—Porque se quedó aquí.
—¿Cuándo?
—Elisa.
Dijo mi nombre como una advertencia. Como tantas otras veces.
—Te hice una pregunta.
Él se volteó por fin. Sus ojos estaban tranquilos, casi aburridos.
—No empieces. Tú sabes que Renata se queda a veces cuando trabajamos tarde.
—¿Trabajan tarde?
—En el proyecto de inversión. Ya te lo expliqué.
No, no me lo había explicado. Me había arrojado frases sueltas durante meses: “oportunidad”, “capital”, “socios”, “rendimiento”. Cada vez que yo pedía detalles, me besaba la frente con