vi entrar a los vecinos, a los niños, a las viudas del barrio que se sentaban a tomar café sin pagar, entendí algo que Tomás quizá siempre supo.
Hay corazones que dejan de latir y aun así siguen cuidando una casa.
Esa tarde, al caer el sol, me quedé sola en la cocina. Puse dos tazas sobre la mesa, como hacía antes. Una para mí. Una para él.
No esperé verlo. No escuché su voz. Solo sentí la calma rara de haber sobrevivido a una traición sin permitir que me volviera cruel.
Toqué el reloj contra mi pecho y susurré:
“Lo encontré, Tomás. Encontré todo”.
Afuera, Lucía se reía por primera vez en meses.
Y por fin, después de tanto silencio, la casa volvió a sonar viva.