Metió a su amante en mi casa, pero buscaba algo peor

Cecilia. Dentro solo guardaba las cartas de mis padres, una fotografía de mi madre sonriendo en el patio y la escritura original de la casa.

Tomé la vieja llave de bronce y la observé sobre mi palma.

La primera vez que la puse frente a Julián, mis dedos temblaban porque sentía que estaba perdiendo mi vida.

Aquella noche comprendí que no había perdido mi hogar.

Había expulsado de él todo lo que me impedía sentirme segura.

Guardé la llave, cerré el gabinete y caminé por el corredor en silencio. La lluvia seguía golpeando los cristales, pero ya no sonaba como una amenaza.

Sonaba como una casa volviendo a respirar.

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