aceptaba todo con una sonrisa cansada.
“Gracias, doña Rosa. De verdad, no sé qué haríamos sin usted”.
La frase, con los años, dejó de sonar como gratitud y empezó a sonar como costumbre.
Lucía tenía seis meses cuando Adrián llegó una tarde sin avisar. Se sentó en mi cocina y no tocó el café que le serví.
“Má, necesito pedirte algo”.
Me limpié las manos en el delantal.
“Dime, hijo”.
“El departamento está carísimo. Paola ya no aguanta. Con la niña no cabemos. Pensamos que podríamos quedarnos aquí unos meses, en lo que juntamos para un enganche”.
La casa, que llevaba años silenciosa, pareció escuchar conmigo.
“¿Unos meses?”, pregunté.
“Sí. Seis, máximo. Yo te ayudo con gastos. No vamos a ser carga”.
Mi corazón se llenó de una alegría vieja, casi infantil. Mi hijo. Mi nieta. Risas en la casa otra vez. Platos en la mesa. Pasos por el pasillo. Ya no tendría que cenar sola mirando el noticiero para fingir compañía.
“Claro que sí”, dije. “Esta también es tu casa”.
Ojalá nunca hubiera dicho esa frase.
Al principio todo fue cálido. Lucía gateaba por la sala. Adrián llegaba cansado pero me besaba la frente. Paola me ayudaba a lavar platos y a doblar la ropa de la niña. Yo me dormía escuchando voces al otro lado de la pared, y el sonido me parecía una bendición.
Después, las bendiciones empezaron a pedir espacio.
Primero fue la sala.
“Doña Rosa, necesitamos mover ese sillón”, dijo Paola una mañana, señalando el sillón verde junto a la ventana. “Ahí cabe perfecto el corral de Lucía”.
Ese sillón era donde Tomás se sentaba a leer el periódico los domingos. Yo pasaba la mano por el respaldo a veces, como quien toca un recuerdo.
“Está bien”, dije.
Luego fue la cocina.
Paola reorganizó mis cazuelas, mis platos, mis frascos de especias. Cambió el mantel de plástico por uno gris, compró una cafetera que yo no sabía usar y tiró mis cucharas de madera porque, según ella, “se veían antihigiénicas”.
“Es por modernizar un poco”, explicó.
Adrián, como siempre, llegó tarde del trabajo y no notó nada.
Después vino mi recámara.
Esa tarde llovía. Yo estaba doblando sábanas cuando Paola se paró en la puerta con Lucía en brazos.
“Esta habitación es muy grande, doña Rosa”.
La miré sin contestar.
“Nosotros estamos muy apretados en el cuarto de Adrián. La niña ya necesita cama. Usted está sola. El cuarto de servicio podría arreglarse bonito”.
Sentí que alguien me metía la mano en el pecho y me arrancaba algo.
Mi recámara tenía la ventana hacia el patio. Tomás y yo habíamos elegido juntos las cortinas amarillas. Ahí murió él. Ahí recé noches enteras cuando el médico dijo que ya no había mucho que hacer. Ahí guardaba su camisa azul, todavía con un olor tenue a jabón.
“Puedo pensarlo”, dije.
Paola sonrió apenas.
“Adrián cree que sería lo más justo”.
Lo justo.
En mi propia casa.
Esa noche esperé a mi hijo en la cocina. Le serví caldo y me senté frente a él.
“Paola me dijo lo de la recámara”.
Adrián bajó la mirada al plato.
“Má, no empieces. Es temporal”.
“Todo aquí iba a ser temporal”.
Él dejó la cuchara.
“Solo te estamos pidiendo apoyo. Somos tu familia”.
Esa frase cerró la conversación como una