Me acusaron de robar mi propio auto, pero escondían algo peor

tarde entraba torcido por la ventana y pintaba el polvo en el aire.

Saqué el teléfono.

Tenía un mensaje de Matías, el primero en semanas.

Solo decía: ¿Cómo está la casa?

Miré alrededor.

La pared cuarteada. El piso gastado. La luz cálida. Mi respiración ya sin prisa.

Le contesté la verdad.

Todavía rota. Pero por fin es mía.

No sé qué pasará con mi familia dentro de cinco años.

No sé si Ivana logrará reconstruirse.

No sé si algún día miraré a mis padres sin sentir que me debe arder algo por dentro.

No sé si Matías y yo tendremos otra oportunidad o si lo nuestro pertenece para siempre a la categoría de lo que llegó temprano y se fue por cansancio.

Lo que sí sé es esto:

La noche en que me acusaron de robar mi propio auto pensaron que iban a devolverme a mi lugar.

Pensaron que el miedo me haría obedecer.

Pensaron que si me humillaban en público yo volvería a casa pequeña, agradecida, dócil.

Se equivocaron.

Porque la carretera donde quisieron quebrarme terminó siendo el lugar exacto donde dejé de pertenecerles.

Y a veces, aunque llegue con sirenas, una verdad sigue siendo una forma de rescate.

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