Porque alguien tenía que pensar en tu futuro.
—Mi hija era mi futuro —dijo Marcos.
La voz se le rompió al final.
Lucía despertó entonces. Parpadeó confundida y empezó a llorar, primero bajito, luego con el llanto completo de los bebés que no entienden la tensión pero la sienten en la piel.
Valeria la meció, pegándola a su pecho.
—Ya, mi amor. Ya pasó.
Pero no había pasado.
Marcos dio un paso hacia ellas.
—¿Puedo cargarla?
Valeria lo miró durante un largo segundo.
Recordó las noches sin dormir. Recordó los mensajes sin respuesta. Recordó el miedo de no poder pagar la consulta. Recordó a su madre vendiendo una cadena de oro para comprar una cuna usada. Recordó cada vez que había defendido a Marcos en su cabeza, hasta que defenderlo empezó a doler más que odiarlo.
—No te acerques si todavía tienes dudas —dijo.
Marcos negó.
—No tengo dudas.
—Tener sangre no te convierte en padre.
—Lo sé.
Esa respuesta, humilde y seca, le hizo más daño que si hubiera discutido.
Doña Inés soltó una risa breve.
—Qué escena tan conmovedora. Pero no olviden que estamos en una boda.
Camila bajó lentamente el ramo.
Por primera vez, todos recordaron que ella seguía allí.
La novia miró a Valeria, luego a Lucía, luego a Marcos. No había odio en sus ojos. Había vergüenza. Y una tristeza serena que la hacía parecer más adulta que todos los Andrade juntos.
—No —dijo Camila—. Ya no estamos en una boda.
Doña Inés se giró hacia ella.
—No digas tonterías.
Camila se quitó el velo. Lo sostuvo un instante entre sus dedos, como si pesara demasiado, y lo dejó sobre una silla de la primera fila.
—Hace dos semanas escuché una conversación suya con el licenciado Robles —dijo—. Hablaban de una mujer que podía aparecer con una bebé. Usted dijo que si venía, había que hacerla parecer interesada y vulgar. Yo quise creer que había entendido mal.
Marcos la miró con dolor.
—Camila…
Ella negó despacio.
—No me pidas perdón por algo que tú tampoco sabías. Pero no voy a casarme hoy. No con esto encima. No mientras una niña acaba de llegar a la vida de su padre en medio de una humillación pública.
Nadie se movió.
El oficiante cerró su carpeta.
Doña Inés perdió por primera vez el control del rostro.
—Camila, piensa en tu familia.
—Estoy pensando en la familia que no quiero construir —respondió ella.
Don Ernesto, que había permanecido mirando al suelo, levantó la vista.
—Pon el resto de la grabación.
Doña Inés se volvió hacia él.
—No tienes derecho.
—He tenido treinta años sin derecho a la verdad —dijo él—. Hoy me toca escuchar.
Valeria miró a Marcos. Él asintió, aunque parecía no tener fuerza ni para respirar.
La grabación siguió.
Se oyó de nuevo la voz del abogado:
“¿Y si el señor Ernesto pregunta por Teresa? Ella sabe demasiado.”
La respuesta de doña Inés fue más baja, pero el micrófono la había captado.
“Ernesto cree lo que necesita creer. Igual que creyó que Teresa se fue porque quiso. Igual que creyó que el niño que perdió no era suyo.”
Don Ernesto dejó caer la servilleta que tenía en la mano.
Marcos frunció el ceño.
—¿Qué niño?
Doña Inés cerró los ojos apenas un instante. Fue un parpadeo. Pero